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Este pasado verano se celebró en la Sede Iberoamericana de la Universidad Internacional de Andalucía, en La Rábida, Huelva, un curso-seminario -de una semana de duración- en torno a "La Generación del 98. El desastre de Cuba y el sentido de la vida en España", en el que participaron Odón Betanzos Palacios -Director de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y catedrático en la Universidad de la Ciudad de Nueva York-, Gonzalo Santonja (Universidad Complutense de Madrid), José Manuel Allendesalazar (Embajador y Cónsul de España en Nueva York), Estelle Irizarry (Georgetown University), Nicolás Toscano (St. Johns University), Antonio Gallego Morell (Universidad de Granada), Mordecai Rubín (Teachers College, Columbia University), Alfredo Jiménez (Universidad de Sevilla), y quien esto escribe. Los comentarios que siguen -rescatados a duras penas del palimpsesto de mis desvaídos apuntes- son mera crónica o memoria personal de aquellas fructíferas jornadas.
El enfoque general del curso -dirigido por Odón Betanzos- tuvo un carácter fundamentalmente ecléctico. En él se dieron cita no sólo la crítica literaria sino también la historia, la sociología y la antropología. Qué duda cabe que desde los ya lejanos tiempos de Levi-Strauss y el estructuralismo, desde la lingüística de la Escuela de Praga a la crítica marxista de Lukacs, pasando por la sociológica de Lucien Goldmann, la desconstruccionista de Derrida y la psicologista de Lacan, los estudios literarios se han beneficiado de todas esas -y muchas otras- ramas del saber. Negarse hoy, en los umbrales del siglo XXI, a la vivificadora relación interdisciplinar es pura ceguera. El mundo es cada vez más pequeño y más complejo. Encerrarse en la cámara obscura de nuestros propios intereses intelectuales es cuanto menos mutilante, por no decir suicida. Seamos humildes, y aceptemos que es precisamente la complejidad de cualquiera de esas disciplinas citadas la que nos obliga a especializarnos.
No voy a entrar ahora en innecesarias elucubraciones para trazar los parámetros que tipifican o enmarcan a ese grupo de escritores, pintores, ensayistas y hombres de letras en general, que, en un momento dado de la historia cultural española, conforman lo que entendemos por Generación de 98. Lo que sí deseo resaltar es el carácter esencialmente literario de esa generación. Ahora bien, ese carácter humanístico noventayochista no debe ser óbice para que nos empeñemos en despolitizar lo indespolitizable. Por ello -y es ya un signo sintomático- pronto saltó a la palestra (y surgiría más de una vez a lo largo del curso) el exilio republicano, y el interés de los intelectuales exiliados por la Generación del 98. (La obra literaria, histórica, científica de aquellos expatriados del 39 no ha sido aquilatada aun en toda su intensidad y trascendencia. Hoy día, los intelectuales españoles parecen querer olvidar a toda costa esa parcela esencial, indesgajable de su historia. Y ya sabe cuán graves pueden ser las consecuencias cuando los pueblos se olvidan de su historia).
Creo que es perfectamente válido que nos preguntemos el porqué del interés de tantos escritores desterrados por la Generación del 98. Baste el ejemplo (y su nombre sonó más de una vez en aquellos días de La Rábida) de Américo Castro. Si Ortega y Gasset, al regresar a España, después de la guerra, se ha de resignar -ninguneado por las derechas y desdeñado por las izquierdas- a pronunciar conferencias sobre Leibnitz o Kant a un público de momias aristocratizantes (como evocará, con vitriólica saña, Luis Martín Santos en Tiempo de silencio), Américo Castro va a poder, en el idílico refugio de Princeton, y desde una perspectiva temporal y geográfica, escribir su gran obra: La realidad histórica de España, en la que, transido de "doloroso sentir", se hará una y otra vez la gran pregunta, la terrible pregunta: ¿Qué es España? Fijémonos bien. Estamos en mil novecientos cuarenta y tantos, y un español exiliado en tierras norteamericanas continúa haciéndose la misma pregunta clave del 98. Es, a este respecto, fundamental, constatar que las preocupaciones noventayochistas no acaban con el 98.
¿Qué nos interesa hoy de Unamuno? ¿Su congoja metafisico-existencial? A mí, se lo aseguro, no que quita el sueño. No obstante, fue un acierto que en el curso se trajera a colación su San Manuel Bueno, mártir, porque esta nivola unamuniana (comparable a El cura de Almuniaced, escrita años más tarde, y en el exilio mexicano, por José Ramón Arara,), pone el dedo en la llaga no ya por su presunta denuncia de un clero hipócrita, malintencionado y oligarquizante (en la que no creo) sino por su decantada meditación sobre la conducta humana, en un mundo donde Dios parece haber muerto.
Se habló de Unamuno poeta. Y lo fue. Pero no tan grande como a él le hubiese gustado ser (como a Cervantes, tampoco a él quiso el cielo concederle esa dicha), pero con indudables aciertos, pese a un oído más duro que el granito y una incapacidad innata para el color. Con aciertos enormes, repito, tan grandes como los de Antonio Machado, que también escribió poemas atroces.
¿Unamuno, conciencia social de España? Unamuno viaja por Las Hurdes, una de las regiones más paupérrimas de España, y no se lo ocurre otra cosa que describir, arrobado, el paisaje. Años más tarde, Luis Buñuel, cámara en mano, se acercará a aquellos mismos parajes. Resultado: el estremecedor documental Tierra sin pan.
Digámoslo sin ambages: Azorín, Machado, Unamuno, Baroja eran pequeños burgueses, y como tales reaccionaron y actuaron. Pero no seamos injustos: no tenemos por qué exigirles a los del 98 soluciones socio-económicas, porque no eran ni sociólogos ni economistas, sino literatos. Por mi parte, siempre he creído que el escritor no tiene más obligación -y ya es bastante- que la de devolver a su comunidad lingüística la lengua que de ella recibiera, mas renovada, revitalizada. Por eso, Unamuno, Azorín, Baroja y Valle-Inclán permanecen, y por eso mismo la prosa amazacotada de Ganivet no interesa hoy a nadie, aun cuando su pensamiento (bienintencionado, mas paradójico hasta la exasperación) hubiera sido seminal para los del 98.
Baroja -pese a su declarado antisemitismo y a su escabrosa misoginia- es el gran novelista del 98. Tan grande, que habrá de convertirse en maestro y guía de toda una generación de narradores de posguerra. Baroja, como Lope, como Galdós, es un gigante, y también como ellos escribió mucho, quizá demasiado; de su obra se salvan -a mi entender- sólo un puñado de novelas.
Y qué decir del amojamado Azorín (que se inicia como periodista de ideas ácratas y acaba tomando café con leche con las beatas y curas de la dictadura franquista), capaz de escribir La Andalucia trágica, valiente alegato de denuncia ante una situación
feudaloide, caciquil, pero asimismo autor de obras tan ñoñas, tan cursis, tan anodinas, que sólo pueden encandilar a las agostadas
solteronas o a los mocitos a la violeta.
Aunque Valle-Inclán ponga los ojos en el paisaje de su Galicia natal, aunque Unamuno evoque con nostalgia la tierra vascongada, aunque Baroja pinte el Madrid cachondo y arrabalero, aunque Azorín se deshaga en elogios hacia su terruño levantino, todos ellos consideran a Castilla la forjadora del carácter español. Incluso Machado, que no olvida nunca los mágicos trémolos de su tierra andaluza, y que no se deja engatusar por el paisaje castellano, de rezumantes glorias, en el que ve al hombre que lo habita (no sólo al hombre de cizaña, sino también al hombre de la espiga), nos guste o no nos guste, la verdad es que todos los noventayochistas se asoman a Castilla, y en ella descubren el alma de España. Y con ello comienzan a cimentar los pilares de un mito, que, como todo mito, encierra mucho de verdad, aunque también mucho de mentira. Mito que la España del Generalísimo Franco no tardará en hacer suyo, entre otras razones porque aquello de Castilla unificadora, de Castilla integradora, le venía como anillo al dedo. De ahí al tan grandilocuente como falso eslógan de "España Una, Grande y Libre"
Durante el curso se hizo referencia también a las relaciones del 98 con otras artes, en particular con la pintura. El que haya en España, y concretamente en el 98, pintores que escriben y escritores que pintan no debe sorprender a nadie. No sólo Solana, no sólo Ricardo Baroja, no sólo Regoyos. Recordemos por ejemplo al mismo Picasso. ¿Qué le impulsa a Picasso a trocar los pinceles por la pluma, cuando escribe ese texto inclasificable que es El deseo cogido por el rabo? ¿Obedecen esas incursiones literarias picassianas a una insatisfacción, no por pasajera menos acuciante, ante las "limitaciones" del arte pictórico? ¿Se propone el malagueño demostrar a Breton y a sus secuaces que él también es capaz de desmelenarse en la escritura automática? Jean Cocteau -escritor y pintor (y opiómano irredento)- no le va a la zaga. ¿Y qué decir de Max Jacob, cabalista en el lienzo y brujo en el misterio de la palabra escrita?
Hay gentes que dividen el mundo entre amigos y enemigos. Por lo que a mí respecta, si alguien me odia, con su pan se lo coma. En cualquier caso, prefiero aprender de los amigos; es más, todo lo que sé (si es que sé algo) a ellos se lo debo. Les aseguro que me atrae, me cautiva (pero no me subyuga) el mundo de las ideas, pero les confieso que sería incapaz de morir por ellas, y menos por una bandera, por un país, aunque se llame España. Me interesa el hombre, la mujer (¿dónde están las escritoras del 98?), el ser de carne y hueso (sí, lo sé, unamuniano), al que llamo prójimo, al que llamo hermano. Y si Caín, enceguecido por la ira, el desdén o la ya proverbial envidia hispánica (de la que tanto hablaba don Miguel, él mismo tan soberbio, tan envidioso), levanta la quijada, empuña el fusil contra nosotros, tratemos de detenerle, pero nunca, nunca por medios violentos. Tratemos de convencerle con las armas de la razón, con las armas de la inteligencia. Si no nos oye, insistamos, que más consiguió el Mahatma Gandhi con su insistencia que con violencia. Violencia que no es necesaria. En su conferencia inaugural, "La Generación del 98 ante la Literatura y La Historia", Odón Betanzos -español cabal y hombre de espíritu- me habló del espíritu de aquella generación, enferma del mal de España; Gonzalo Santonja, en "La recuperación borgamesca de Unamuno en pleno exilio", me habló no sólo de Bergamín y Unamuno sino también de la estética de Castilla, encarnada, según él, en El Viti, y de la estética andaluza, personificada por Curro Romero; José Manuel Allendesalazar me habló de "La generación estadounidense del 98", la norteamericana, pues también allí, en el coloso del Norte (país que admiro y quiero) abundan hombres con sentido de justicia y de la dignidad humana; Estelle Irizarry, norteamericana de nacimiento y puertorriqueña por adopción, en "El Arte en varios de los integrantes de la Generación del 98", asombrándome con su erudición, buen juicio y ecuanimidad, me incitó a leer a Gutiérrez Solana, y también a Enrique Laguerre; Nicolás Toscano, en "La Generación del 98 y la poesía de Antonio Machado", me habló de un Machado que aunque manoseado, resobado por una izquierda incapaz de ser fiel a los ideales que ese mismo Machado propugnara un día, sigue siendo nuestro Machado -en la modesta Colección Austral- por aquellos lejanos años sesenta, en sórdidas pensiones de estudiantes, un poco a hurtadillas, porque en aquella España de la dictadura uno no estaba nunca completamente seguro de nada ni de nadie; Antonio Gallego Morel, en "Angel Ganivet y el 98", me reveló no sólo aspectos biográficos que yo desconocía de aquel autor malogrado, sino que lo hizo además con marcado acento granadino, que me transportó como por arte de birlibirloque a los mismos años sesenta, a Granada -¡paraíso perdido!- en cuya universidad comencé mis estudios, interrumpidos por mi exilio voluntario a Nueva York, ciudad de todos los exilios; Mordecai Rubín, en "El alma española y el sentido de la vida en la Generación del 98", me habló de la poesía de Unamuno, en la que encuentra no sólo color sino también musicalidad; y debe tener razón porque él ha recorrido el mundo dando conciertos de flauta dulce, y, ya se sabe, es imposible sustraerse a los hipnóticos arpegios de ese Hamelin americano; Alfredo Jiménez, en "El 98 y las nuevas fronteras de America del Norte", me habló del país que me da asilo, mostrándome, con rigurosidad, respeto y amplitud de miras, sus múltiples rostros y máscaras.
Ustedes dirán, "¡Hay que ver la de flores que les echa este a sus amigos y colegas!" No digo más que lo que creo justo y necesario. Eso no significa que no disienta de muchos de los juicios por ellos expresados en el curso de marras. Asentí cuando se afirmó que el pensamiento de Ganivet, con todas sus contradicciones, con todo su idealismo ingenuo, con todo su senequismo trasnochado, es, a todas luces, cardinal para entender muchas de las actitudes noventayohistas posteriores. En efecto, a Ganivet no se le puede excluir nunca de la Generación del 98. Pionero fue en muchas de las preocupaciones que luego habrían de hacer suyas los noventayochistas. Ahora bien, de sus novelas prefiero no hablar, porque me parecen plúmbeas. Pero hay que estar ciego para no apreciar el valor de un libro como Granada la Bella, que no es, como su título parece insinuar, un libretto a lo Merimée sino un valiente alegato protoecologista en defensa de ese paraíso, jardín cerrado para muchos, que era la Granada finisecular, desnaturalizada por proyectos urbanísticos tan disparatados como aberran.
Tampoco me parece acertado que se denostara contra Juan Goytisolo (por el que siento especial devoción), al comentarse su polémico ensayo sobre el 98 publicado en El País. No entraré a discutir la ortodoxia o heterodoxia islámica del autor de Makbara, pero me parece que no ha de ser muy ortodoxo quien, frisando los cuarenta, es capaz de hacerle una higa a su propia familia, a su propio país, a su propia clase, para abrazar no ya otra cultura, otra forma de vida, social y personal, sino también al elemento esencial de esa cultura, al hombre mismo, al marroquí, humillado en la orgullosa Francia y ofendido en la ingrata España. Pensemos por ejemplo en una de las obras medulares de Goytisolo, con la que rompe brecha en la narrativa española tradicional, la que arranca de Galdós, pasa por Baroja y desemboca en el realismo social de los 50: Reivindicación del conde Don Julián. En ella Goytisolo arremete contra muchos de los mitos del 98. No se trata ya de un libro como Los Noventayocho, de Ramón Sender, nacido de rencores personales (aun cuando sea muy apropiado para contrarrestar la arrobada actitud de cierta crítica ramplona y mojigata ante los santones del 98), en el que Sender pone de chupa de dómine a casi todos los del 98, sino de un texto de genuino afán desmitificador, revulsivo, necesario para que nos acerquemos a esa generación con espíritu crítico, sin anteojeras.
De la Guerra Hispano-norteamericana, Spanish-American War o Guerra de Cuba -detonante para la España adormecida en el gozne de dos siglos- también se habló. Yo poco tengo que decir del tema, no ya porque no me atraiga la Historia -que me apasiona- sino porque las guerras me horrorizan, y ante su monstruosa insensatez, mi único anhelo es que no se repitan nunca. Aceptémoslo: en las postrimerías del siglo XIX, al león español no le quedaba más que la cola. De nada hubiera servido emperrarse en mantener unas colonias que en realidad habían dejado de serlo en el momento en que el criollo empezó a llamarse cubano, a sentirse puertorriqueño. Pero no nos fuimos del todo, porque en el Caribe, como en los vastos territorios del continente americano que España exploró, colonizó (y expolió) quedó nuestra cultura, transformada, enriquecida por un feraz, fecundo mestizaje.
Pero España parece no querer aprender de sus errores, porque veintidós años después emprende una esperpéntica aventura neocolonialista en Marruecos. Primero, el desastre de Cavite; después, el de Annual. Frente a la Guerra Hispano-norteamericana, antes y después del Desastre, hubo en España una actitud de protesta, una corriente antibelicista opuesta a que se siguiera mandando carne de cañón a una situación sin salida, abocada al fracaso. Y del mismo modo que ante la Guerra Hispano-norteamericana hubo en España expresiones de protesta, tampoco faltaron en la de Marruecos. No conozco documento más descarnado y veraz de aquella guerra, de aquel otro desastre, que Imán, de Ramón Sender. También allí, en las agrestes montañas del Rif, dominadas por Abdelkrim, España iba a continuar desangrándose. Y pocos años más tarde, la guerra civil, incivil; internacional, porque en ella se iban a enfrentar el fascismo -cebado en España por la endémica oligarquía- y el ideal progresista, democrático -de un pueblo endémicamente marginado-, y que en seguida, tras una España en llamas, volverán a enfrentarse en la II Guerra Mundial.
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