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EL OLIVO
por
Paco Mora
"Aceite y vino, bálsamo divino", del refranero español.
Hallábase
el hombre en el alba de la civilización, y las primeras ciudades
surgían en el Mediterráneo como pequeños esperanzadores brotes de
lo que iba a ser la magnífica y fecunda cultura helénica. En el
lejano Olimpo, Zeus, padre de todos los dioses, asistía a una discusión
entre dos de sus hijos: Poseidón, dios del mar, y Atenea, diosa
de la inteligencia, se disputaban el honor de ser elegidos protectores
de la más bella y próspera ciudad de Atica. Zeus propuso a los contendientes
que cada uno hiciera un regalo a la ciudad. Saldría ganando el que
brindara a sus habitantes el don más útil.
Poseidón, con un terrible golpe de tridente hizo brotar de la Acrópolis
una fuente, de la cual surgió un brioso caballo, animal desconocido
hasta entonces en Grecia.
Llegado su turno, Atenea donó a la ciudad un olivo, y ella fue elegida
para proteger a los afortunados habitantes de la que sería llamada,
a partir de entonces, Atenas, en honor de la diosa. Así es como
la mitología relata el origen divino del olivo. No sería esta la
única vez que el olivo se convertiría en el objeto de historias
y leyendas. Rómulo y Remo, fundadores de Roma, nacieron bajo un
árbol de esta especie, y Hércules, con su mitológica fortaleza,
clavó un tronco seco de olivo, que inmediatamente reverdeció. Y
Noé, en su arca, recibió una rama de olivo en señal de que Jehová
había ordenado que cesara la lluvia.
El protagonista de nuestra historia, por su alcurnia y tradición,
debía de tener una antigua cuna. En efecto, ya en el tercer milenio
antes de Cristo aparecen testimonios del cultivo del olivo en el
Mediterráneo oriental. Fenicios, sirios y palestinos conocían tan
ilustre árbol y comerciaban con sus frutos. En el antigua Egipto,
el olivo está representado en los monumentos funerarios, y las momias
eran coronadas con ramas de este antiquísimo árbol. También la Biblia
es pródiga en referencias al olivo y al aceite que se extrae de
su fruto. El Evangelio cuenta como María de Magdala -la dulce, inefable,
la gentil, la entrañable, la infernal y celestial Magdalena, la
gran prostituta- vertió aceite sobre Jesucristo para honrarlo y,
en la iglesia católica, el sacerdote utiliza el aceite en el bautismo,
la confirmación, en la extremaunción y en la ordenación de nuevos
clérigos.
Grecia, creadora de tantos aspectos de la civilización europea,
fue también quien introdujo el olivo en el viejo continente. Aceite
y vino están en la base de todo el comercio griego. También fue
tal la importancia que tuvo el aceite en Grecia, que algunos historiadores
atribuyeron la decadencia clásica a la tala de los olivares producida
durante la Guerra del Peloponeso. El olivo era un árbol sagrado
en Atenea, Sófocles lo elogiaba con retórica veneración: "los
enemigos nunca podrán destruir el olivo, pues el ojo atento de Zeus
y Atenea, la de los ojos brillantes, velan por él". La alusión
al árbol indestructible, que nace de sí mismo, corresponde a la
leyenda ateniense según la cual el olivo sagrado de la Acrópolis,
destruido por los persas, rebrotó en una noche. Los griegos extendieron
el olivo por todo el Mediterráneo y los romanos, herederos de la
cultura clásica griega, ordenaron y sistematizaron su cultivo y
producción. En el mundo clásico, el aceite recibía usos variados,
no limitado al ámbito de la alimentación. Eran ingredientes indispensables
en la elaboración de medicamentos y bálsamos. El aceite se convertiría
a menudo en secreto cómplice de Cupido, dios del amor, y de Asclepio,
dios de la medicina.
Los atletas untaban su cuerpo con este líquido para tonificar sus
músculos, y los héroes de las epopeyas homéricas cubrían con aceite
los cuerpos de sus amigos muertos para purificarlos y hacelos más
placenteros a los dioses. Luchadores y guerreros untaban su piel
para dificultar que el contrincante les asiera con facilidad. En
las termas romanas, el aceite de oliva era la grasa que empleaban
para los masajes. En algunos pueblos del norte de Africa, era considerado
portador de fertilidad; las mujeres bebían aceite ante los altares
y los hombres lo untaban en el arado antes de realizar el surco.
Hay que destacar una importantísima
aplicación que perduró hasta bien entrado el siglo XIX. Se trata
de la iluminación. Durante muchos siglos el aceite sirvió como combustible
para lámparas y antorchas. Es más, en los pueblos en donde se conocía
el cultivo del olivo era la forma más extendida de iluminación.
Su prestigio como combustible era tal que en algunas localidades
se dejaban en tierra las primeras aceitunas caídas del árbol para
que las cogiera el diablo y fabricara el aceite con que mantenía
vivo el fuego infernal. Bueno es pactar con el enemigo, si con ello
se salva la cosecha.
También el aceite era útil para las divinidades. En los templos
se mantenía permanentemente encendida la llama sagrada gracias a
las lámparas de aceite. El candelabro hebreo de los siete brazos
solamente podía ser alimentado por aceite del más puro y, aún hoy
en las iglesias católicas, se mantiene una lámpara de aceite encendida
día y noche en el altar donde está expuesto el Santísimo. A lo largo
de su dilatada historia, el aceite de oliva ha atravesado innumerable
vicisitudes, ha sido alabado por sus defensores y criticado por
sus enemigos, aunque finalmente todos se han inclinado ante su indiscutibles
virtudes. En este largo camino, ha tenido un encuentro de enormes
consecuencias para la historia de la gastronomía. De las innumerables
aplicaciones que puede tener el aceite en la cocina, existe uno
que destaca por su sencillez: la de acompañar a una simple rebanada
de pan.
La unión de estos dos alimentos, se nos parece casi inevitable.
Ambos han presidido, durante siglos, las mesas opulentas y las dietas
más sencillas. Nadie cuestiona la humildad de tal combinación, ni
exige cuidadosa elaboraciones, ni elevados conocimientos culinarios.
Desde los más ilustres linajes hasta las cunas más humildes nadie
ha podido resistir ante la tentación que representa un simple pedazo
de pan regado con un buen aceite de oliva.
Poetas, pintores, artistas subyugados por las imágenes de la Naturaleza
nos brinda cada día, han acudido a su más fecunda inspiración para
cantar la belleza del olivo, árbol siempre centenario cuyo tronco
se retuerce con patético lirismo. En Andalucía, donde los olivares
se extienden por kilómetros y kilómetros, y llegan hasta las afueras
de los pueblos, pasear de noche por un olivar es una experiencia
memorable. Una de esas noches de verano, cálidas y serenas, perfumadas
con todos lo olores del campo andaluz. A la luz espectral de la
luna llena , los olivos parecen almas en pena con sus ramas retorcidas
y descarnadas amenazando al cielo.
El campo
de olivos
se abre y se cierra
como un abanico.
Sobre el olivar
hay un cielo hundido
y una lluvia oscura
de luceros fríos.
de Federico García Lorca
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