|
||||||||||||
| "Si yo hubiese podido seguir tan sabios preceptos, otro gallo me hubiese cantado en la vida, y me hubiese ahorrado unos cuantos palos." |
Escribir no está de moda, y no debe extrañarnos. Desde que allá en la antigua Mesopotamia, el pueblo sumerio inventó la escritura cuneiforme (del latín "cunei", que significa cuña) hasta los modernos dígitos por computadora han transcurrido unos siete mil años. Muy poco tiempo. Nada. Una gota de agua en el océano si tenemos en cuenta que el ser humano lleva varios millones de años poblando el planeta. Hay quienes dicen que hay otros métodos más eficaces, que no tienen tiempo para perder escribiendo, que nada puede ser igual al teléfono, que el fax y la computadora son dos de los mejores inventos. Mentira.
Lo cierto que todo eso no son más que excusas, argumentos expuestos de prisa por un mundo que vuela porque ya no sabe ni correr, porque la verdad es que las palabras escritas son demasiado peligrosas. Expliquémonos: ¿hay algo mas incómodo que releer una carta que, tiempos atrás, alguien nos escribió? ¿No es demasiado triste hurgar en lo que ya no existe? ¿No es incluso aberrante desentrañar ese viejo baúl de los recuerdos que solo queda en un pedazo de papel? Imaginemos una noche de domingo, sofocante y húmeda, una de esas noches en que la ciudad es como una botella de vino medio vacía que nos tienta a quedarnos en casa, y allá entre el aburrimiento y la televisión nos incita a remover cajones buscando no sabemos qué. De repente, en cualquier rincón, aparecen las palabras que un día escribimos. Esas que la memoria ha borrado, porque a menudo el olvido es el más sabio consejero. Entonces todo se dibuja otra vez, aunque a menudo no nos gusta, y nos vemos sin reconocernos. Exactamente igual que a esas personas a las que quisimos un día y que cuando las volvemos a ver, al cabo del tiempo, nos parecen casi unas desconocidas.
La noche es la gran reveladora de secretos, cuanto más obscuro es el ambiente al otro lado de la ventana, más claro se ve el interior de uno. Hay silencio en la calle y tumulto en el alma. Todos los recuerdos, todos los temores, todos los sueños, se agolpan en la conciencia pidiendo derecho de prioridad. Es notable como el paso del tiempo va desnudando a la gente, revelándola tal cual es, sin máscara de ninguna clase. Una suerte de trágico "striptease", que va despojando a los actores de sus prendas de relumbrón, y los exhibe mucho más auténticos al llegar al final del camino. A unos más que a otros, porque todo lo que no sea humildad, sobra en el equipaje del ser humano. Las cartas son una presencia inoportuna, las que un día escribimos y ruedan por ahí, quien sabe en qué remoto paradero, a punto de aparecer en cualquier ocasión, como una amenaza a la vuelta de la esquina, sobre todo para los que escribimos lo que pensamos.
Nadie debía de escribir las cosas que piensa, sino las que quiere hacer creer a los demás. Sabido es que la buena educación consiste en decir las cosas que pueden agradar y en callar las que pueden desagradar. Ya Maquiavelo decía que "en las reglas del arte de la política está el decir a cada uno lo que quiere escuchar". Si yo hubiese podido seguir tan sabios preceptos, otro gallo me hubiese cantado en la vida, y me hubiese ahorrado unos cuantos palos. De esos palos que te dejan medio ido, antes al contrario, cuando he sentido ganas de gritar lo he hecho sin importarme un pito las consecuencias. Jamás me ha inhibido el temor al ridículo o al que dirán. Pienso como el gran poeta francés de que "hay que ser siempre fiel a sí mismo". Después de todo, los convencionalismos sociales son una cosa abstracta y una persona es una cosa concreta.
Todo lo que podemos decir de nosotros mismos en nuestros escritos es lo que hemos hecho y el porqué, libres los demás de entenderlo como quieran. En último caso uno es como lo han hecho las circunstancias, y a todos se nos va a llevar el diablo el día menos pensado. Amarga un poco el pensar que hay personas que piensan que la literatura es como tocar la chirimía que, bien mirado no hace daño a nadie.
Hoy por hoy la sociedad esta dominada por las masas, no por los filósofos y prefiere el entretenimiento al pensamiento, ignorando que la literatura constituye la memoria colectiva de los hombres, es el almacén que contiene la más universal colección de experiencias y pensamientos. Todo se guarda en ella, lo soportado y lo aceptado, nuestros anhelos y nuestras frustraciones, lo intentado y llorado durante milenios ha encontrado en ella alguna forma de expresión. Como la literatura se ha hecho casi exclusivamente por los hombres, la mujer en las obras literarias tiene carácter de premio, de ideal que se conquista.
Todas las figuras de mujer en la literatura antigua son la hembra con sus atractivos. Helena, Venus... En los escritores modernos a mujer no es nunca lo que es en realidad, sino lo que el autor ha soñado de ella. En Dickens son ángeles o demonios, en Stendahl, seres caprichosos y llenos de curiosidad; para Poe son sombras poéticas e ideales y para Cela las mujeres son para ser gustadas. No creo que sea posible lograr grandes cambios en la sociedad a través de la literatura, y sin embargo, se sigue escribiendo con la esperanza de que nuestro esfuerzo en conjunto logre alguna vez alcanzar aunque sea cambios muy pequeños hacia lo deseado. Aunque el que vive de esperanzas, muere desesperado.
![]() |