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Paco Mora
Paco Mora

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“Vivo y no sé quien soy, camino y no sé a donde voy”

 

Arizona Bar and GrillPoetas y Bandoleros
por Paco Mora

Cuando un hombre no tiene la suerte de nacer en la hora histórica que más conviene a su idiosincrasia y circunstancias, se pierde, fracasa. No hace falta tener mas que un poco de sentido común para comprender que las aptitudes necesitan un medio apropiado para desarrollarse.

El nacer es el primer acto personal que realizamos, y sin embargo tampoco es ya enteramente nuestro, porque nos nacen nuestros padres, y lo hacen sin tomarse la molestia de preguntarnos si deseamos venir al mundo. De ahí que la primera reacción sea de protesta, lloros y pataleos; algo que siempre me ha intrigado, ya que no hay ninguna otra especie animal que aterrice en la vida como el “homo sapiens”.

Meditando sobre la época que me ha tocado vivir, tengo la impresión de que ando medio perdido y podría decir como el filósofo: “Vivo y no sé quien soy, camino y no sé a donde voy”. En efecto, esta época actual con su materialismo y su culto al papel moneda; con sus logros científicos y su progreso tecnológico; con sus dos guerras mundiales donde murieron mas de ochenta millones de seres humanos (y sus guerras de “andar por casa”, mas modestas); sus accidentes mortales de todas clases; sus depresiones económicas; el sida ... me dejan completamente atónito y confuso, y luego quieren que ahorremos. Alguien ha dicho que los antiguos tenían verdaderas razones para vivir, mientras que los modernos solo tenemos pretextos. Tales desvaríos provienen de mi predilección por el siglo XIX, sobre toda su primera mitad. Aquellos poetas y bandoleros rebeldes y románticos, unos con la pluma y los otros con el trabuco, me fascinaron desde pequeño. Poetas idealistas y melenudos, capaces de dar la vida por un ideal o una ilusión, Lord Byron, Larra ... “El triunfo del sentimiento” decía Ortega y Gasset del papel del romanticismo en la historia.

Por otro lado, estaban los caballistas andaluces, que el pueblo soberano llamó “bandidos generosos que robaban al rico para dárselo al pobre” , por los que he sentido siempre gran simpatía, especialmente por la figura juncal y donjuanesca de José Maria “el Tempranillo”, salteador de caminos, casi ennoblecido y luego dignificado en el romance. Muy joven, de ahí el apodo de “Tempranillo”, una riña por culpa de una mujer, lo sitúa al margen de la ley. Jamás usó ninguna clase de violencia con sus víctimas, y con las damas era un caballero, según nos cuenta Prospero Merimeé, quien convivió algún tiempo con él y de cuya experiencia surgió su gran obra “Carmen”.

“Guapo, -escribe el gran escritor e hispanista francés-, valiente, cortés, así es José Maria”. Cuando detiene una diligencia, da la mano a las señoras para que bajen, con una cortesía natural que no se desmiente. "¡Ah! señora" dice, sustrayendo la sortija de la mano de la dama, "una mano tan bonita no necesita adorno", al mismo tiempo que besa la mano con un ademán capaz de hacer creer a cualquiera que el beso tiene mas valor para él que el precio de la sortija. La joya la toma como por distracción, pero el beso lo prolonga cuanto puede. José Maria deja siempre a los viajeros bastante dinero para llegar al pueblo mas próximo y no ha rehusado jamás el permiso a nadie de conservar cualquier joya que fuera valiosa por su recuerdo.

Dichosos aquellos tiempos donde la pluma y el trabuco se unían en una simbiosis difícil de explicar y las duquesas eran madrinas de bandoleros, como decía la copla elegíaca de Curro López, ese cante por carceleras que sale de lo mas hondo, de lo mas amargo del alma andaluza:

Ya se murió mi madrina
la duquesita de Alba
si ella no se me muriera
a mi no me ajusticiaran.


Palacio Latino