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Corresponsales

EL PODER
por Paco Mora
Envidiable es la suerte de los humillados; ellos tienen algo que
contar de sí mismos. Todo lo tienen ante sí. De este modo pensaba
Cristo (Boris L. Pasternak, de su libro Doctor Zhivago).
Hoy me siento especialmente destructivo.
Hoy me ha dado por reflexionar, lo que, en el reino de la superficialidad,
es casi un pecado mortal. Con el poco tiempo que dedicamos a pensar,
y la poca costumbre que tenemos de hacerlo, es poco menos que un
acto masturbatorio; interesante al principio, insatisfactorio al
final. Además, es peligroso. Si a nuestra conciencia la amaestramos,
nos besa al mismo tiempo que nos muerde.
Tenemos el mundo que nos merecemos. Un mundo plagado de miles de
amigos de lo ajeno, de miles de falsos líderes de sonrisa almibarada,
de miles de falsos mesías que por anunciar un futuro mejor no saben
siquiera donde pisan; miles de elegidos que se creen exclusivos
poseedores de la verdad y quieren hacernos tragar a toda costa su
catecismo, entre unos y otros manejan nuestras vidas, porque tipos
de esta ralea detentan el poder. Y al poder no le importa en absoluto
si soy feliz o no, si estoy enfermo o no, sino que en tal o cual
fecha deposito un voto en una urna, resulto rentable como contribuyente
y no doy problemas como ciudadano. Pero no culpo al poder por ser
tan egoista; así lo hemos hecho nosotros. Tenemos líderes a nuestra
medida porque en nuestra vida cotidiana nos comportamos como ellos.
Hemos creado un modo de vida que nos tiene atrapados. Nacemos ya
prácticamente estigmatizados; basta observar el plan de una vida
cualquiera: tener una infancia lo menos frustante posible, una juventud
divertida, acceder a un buen trabajo, formar una familia, acumular
cuantos más bienes mejor y, a la hora de cerrar el pico, encomendarte
a un dios al que quizás nunca hicistes demasiado caso.
Acumulamos cosas levantando un baluarte contra la muerte. A la delicia
de no tener nada sobreviene el espanto de estar disponibles, prestos
para que nos lleven al "patio de los callaos". Hay, pues que echar
anclas, amarras, anudarse desesperadamente a la vida, pero uno se
queda así, indefenso, sin deseo ni futuro, entre el niño que fuiste
y la nada que serás. La vida es un contra-reloj por adueñarnos de
esto o aquello. La realización personal, ese sueño de juventud se
queda en eso: un sueño inocente por el que luchar mientras eres
joven y al que abandonar cuando se pasa la barrera de los veinte
años, si no se quiere pecar de ingenuo (cuando no de imbécil).
Nuestro centro de gravedad es un YO con mayúscula. A este dios hemos
de ofrecer toda nuestra dedicación y sacrificio. Así podemos pasar
más de media vida entre compañeros de trabajo a los que vemos como
competidores, rivales y, en muchos casos, materia de despellejo,
lo que es lógico cuando el propio trabajo es una maldición bíblica
y un concurso de méritos, porque pocos buscan el perfeccionamiento
profesional o la satisfacción de un trabajo bien hecho si no va
acompañado de una cadena de reconocimientos. No hemos conseguido
erradicar la miseria, ni nos lo hemos propuesto siquiera, pero la
hemos contabilizado y explicado. Algo es algo. A cierta edad todo
está tan claro que no cabe seguir engañándose. Todos sabemos, unos
y otros, donde está el bien y como tendría que ser el mundo para
resultar menos indigno y menos injusto, sin embargo mueve más una
mentira firme que una verdad pensativa. Ya no hay de por medio ideologías
confusas ni teologías complicadas, como en el pasado. Estamos todos
cara a cara con la verdad. El hombre explota al hombre y eso es
todo.
Se asombra la historia de que la multitud que adora a un líder,
lo lapide tiempo más tarde; no hay ninguna incoherencia en esto.
Solo podemos adorar aquello que hemos destruído. La adoración es
una forma de posesión, y la posesión solo se consuma en la destrucción.
El cristiano tiene una clave de culpabilidad que es su mejor explicación.
Se mata a un hombre, a un dios, y ya se le puede venerar. Verdad
es que el hombre únicamente cree en serio en los mitos, humanos
o divinos.
La desesperación empieza cuando comprobamos que no hay un ideal;
a pesar de todo el hombre es generoso y renuncia a su felicidad
y a su vida con tal de que le dejen creer que la felicidad existe,
(en el cielo para los cristianos, en el futuro para los progresistas).
Lo que se tarda en aceptar, lo que se acepta solo con la madurez,
es que no hay salvación para nadie en ningún sitio. La vida está
llena de tentaciones y, cuanto más acrisolada es la virtud, más
fastuosa es la tentación. El pecador mediocre solo tiene tentaciones
mediocres.
La gran paradoja del hombre consiste en ser a la vez egoista o solidario,
avaro o generoso, irresponsable o sensato. En la elección de un
camino u otro estriba el verdadero poder del hombre y también su
desgarradora realidad. El alma humana es un laberinto donde conviven
placer y dolor con todas nuestras grandezas y todas nuestras miserias.
Sin adornos. Y no existe mayor crueldad que la que uno puede utilizar
consigo mismo. Nuestra vida no es sino una sucesión de batallas
en las que ganamos en la misma medida en que perdemos, dejándonos
jirones de piel a cada minuto que vivimos. Dije al principio que
hoy me sentía especialmente destructivo. Sin embargo, no he hecho
otra cosa que mirar dentro de nuestra naturaleza, reducir al hombre
arrojado al absurdo, que busca incesantemente un mínimo de coherencia,
de lógica y de honestidad que den sentido a su vida y a su mundo.
Lo terrible es que en esa búsqueda cada uno de nosotros está completamente
solo. Ahora me siento especialmente humano. |