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Javier Bustamante,
Editor

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Editoriales

Beltran NavarroBeltrán Navarro
Muchos años hace ya que conocía a Beltrán Navarro. Debió ser por el 1985 o así. Fue en uno de los festivales de verano y enseguida me di cuenta de su preclara inteligencia y sus dotes oratorias. Hablamos largo y tendido y pronto comenzamos a diferir. Su postura política era radical y su estilo confrontador. Para él, la Hispanidad era la Latinidad. España había jugado un papel secundario y nefasto en el desarrollo de los pueblos hispanos. Según Beltrán, los pueblos indios de las Americas y los negros esclavos traídos por los españoles, portugueses, holandeses e ingleses, fueron las verdaderas víctimas. Los españoles de este país no tenían derecho a llamarse hispanos -un término inaceptable para él, en cualquier caso- ni latinos. Ellos son hombres blancos y forman parte del problema histórico y geográfico de las Américas.

Ni que decir tiene que desde entonces nuestros caminos, que se cruzaron una y otra vez en grupos y ocasiones políticas, festivales, grupos de negocios, cámaras de comercio, club sociales dentro y fuera de la Federación y multitud de restaurantes, bailes, fiestas y celebraciones, fueron diferentes y nuestras relaciones tensas y distanciadas. El leía Coloquio y comentamos sus artículos con frecuencia. Me criticaba a mí por el tono general de la revista, pero alababa a Paco Mora y a algunos de los corresponsales. Nunca escribió para Coloquio aunque lo hizo para el Mensajero y el Heraldo. También escibió para publicaciones locales con temas sobre la latinidad, nunca la hispanidad. Me reprochó no haberle dado crédito suficiente por la fundación de VEAMOS, la organización venezolana. Durante las celebraciones del Día de la Raza, cabalgatas de Colón en el Inner Harbor, Beltrán aparecía por el lugar de concentración de la comunidad hispana pero generalmente no desfilaba. Un año, -1992, creo- cuando la bandera de España tomó su lugar a la cabecera del desfile como lo hacía cada año, Beltrán organizó un verdadero escándalo arguyendo de que España no merecía estar a la cabeza y debería tomar su puesto detrás con las otras banderas hispanas.

Perteneció a muchas organizaciones pero siempre desde la periferia y prefirió mantener su independencia. Cuando fundamos el Club Democrático Hispano le invitamos a participar. Se negó y no nos contestó. En una de las elecciones para presidente de la Asociación Hispana de Negocios se presentó y acusó a los candidatos de tener las elecciones decididas de antemano. En la cámara de comercio, recién fundada en Baltimore, se le ofreció un puesto en la directiva que el aceptó y del que dimitió en pocas semanas. Lo nombramos presidente de la Mesa Redonda Hispana de Baltimore pero no quiso seguir al frente. Se le invitó a las reuniones conjuntas de las comunidades hispana y judía pero tampoco quiso participar desde dentro. Cuando O'Malley le pidió el voto en su carrera para la alcaldía Beltrán se lo negó y le acusó de haberlo dejado de lado cuando O'Maley comenzó a buscar el voto hispano. Habiendo sido presidente del Comité del Alcalde en Asuntos Hispanos, terminó dimitiendo por incompatibilidad con el alcalde Schmoke.

Beltrán Navarro no fue un político, ni un diplomático; no fue simpático, ni agradable ni le dió su amistad a nadie con facilidad. No fue un líder de masas ni un contemporizador.

Pero Beltrán Navarro fue un intelectual de izquierdas -mi postura política preferida. Fue un líder de líderes, ya que no de masas. Fue un activista en pro de los derechos humanos, no ya de los hispanos -o latinos, como él prefería. Acosó a los que se oponían a sus excelentes argumentos y con su feroz oratoria devastó a más de uno. Persiguió sus ideas con tenacidad y absoluta dedicación y, en el proceso, hizo amigos, enemigos, admiradores y seguidores. Participó en numerosos eventos e iniciativas intercomunitarias y, de hecho, fue el primer hispano en tener un verdadero impacto en otras comunidades de Baltimore.

En sus escritos, discursos, estudios y otras participaciones públicas, Beltrán consiguó la admiración de sus interlocutores por su elocuencia, pasión, su magnífica dicción, su voz clara y resonante y su presencia que, a pesar de su baja estatura, proyectaba autoridad. Los líderes de la comunidad lo consideraban como un líder. En su vida luchó por la comunidad hispana/latina con dedicación, honestidad e inteligencia. Por ello, la comunidad está mucho mejor de lo que estaba. Descanse en Paz.

Gracias, Beltrán.

The Latin Palace

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