Editoriales
El
gesto de un país que aprendió algo de su pasado imperial
Oscar Raúl Cardoso
orcardoso@clarin.com
Clarín de Buenos Aires
Las interpretaciones sobre la
decisión del nuevo presidente del Gobierno español,
José Luis Rodríguez Zapatero, de anticipar el retiro
de los 1.432 soldados que su país tiene en Irak fueron diversas,
pero todas previsibles como luz de día que sigue a la noche.
Veamos.
Algo que no siempre logran, los
matutinos madrileños El Mundo y El País hallaron ayer
terreno editorial común para elogiar al nuevo premier. Por
sobre todo, dijo el primero, Rodríguez Zapatero probó
que "es un líder de palabra que cumple sus promesas".
El País tocó la misma
melodía: "El mensaje es inequívoco; el líder
socialista comienza a gobernar cumpliendo su palabra, en este caso
la que comprometió con el pueblo español hace más
de un año". Ambos destacaron, además, el aumento
del peligro para la coalición que trajo la más reciente
ofensiva de la resistencia iraquí.
Desde la derecha, el otrora monárquico
ABC, interpretó el anuncio en dirección inversa. "La
primera decisión de Rodríguez Zapatero —editorializó—
es una flagrante violación de su palabra y de su programa
electoral". Reflejó la otra "media biblioteca"
interpretativa: el presidente había sugerido que los soldados
españoles seguirían en Irak al menos hasta fines de
junio y aun después, si las Naciones Unidas asumían
el control efectivo del operativo militar. ABC olvidó mencionar
que esto último —que Washington acceda a ceder ese
control— es poco menos que imposible.
En otras latitudes, la prensa toco
cuerdas parecidas. En Londres The Financial Times dijo que Rodríguez
Zapatero se había equivocado de prioridad porque la presencia
en Irak palidecía en importancia ante la recomposición
de la relación de España con la Unión Europea.
Los políticos no se aventuraron
lejos. Condoleezza Rice —asesora de seguridad nacional de
George W. Bush— lamentó que la determinación
española pudiese "enviar la señal equivocada
a los terroristas". El premier australiano John Howard censuró
el anuncio de Rodríguez Zapatero y su par italiano, Silvio
Berlusconi, halló en el retiro español una oportunidad
para que Italia se convierta en el "gran aliado europeo"
de Washington. En el embeleso de su propio oportunismo, Berlusconi
olvidó que los claroscuros penales de su personalidad impidieron
que, aun cuando se solidarizó con Bush tempranamente, la
Casa Blanca haya querido asociarse con él. Prefirió
marginarlo del obsequio de la cumbre de Azores que el norteamericano
le hizo a Aznar el año pasado, poco antes de la invasión
a Irak.
Sin anular las anteriores, hay
una dimensión histórica diversa para iluminar lo de
Rodríguez Zapatero. ¿Por qué no pensar que
España ha aprendido de sus propias lecciones imperiales?
Irak es el escenario donde parece regresar hoy la olvidada idea
de la "guerra popular" que caracterizó, por ejemplo,
el éxito del proceso de descolonización en lugares
como la India, Argelia y Vietnam. Hablar de "terroristas",
"matones", etcétera, no hace la vida más
fácil a Washington.
En un reciente libro ("El
mundo inconquistable") Jonathan Schell recuerda que esa "guerra
popular" es un arma tan temible como las de destrucción
masiva y ubica su bautismo de fuego en la España de comienzos
del siglo XIX cuando decidió resistir la conquista napoleónica.
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