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Editoriales


La hegemonía americana

Lluis Foix - La Vanguardia, Barcelona 28/04/2004 - 21.09 horas

Los españoles fuimos arrogantes cuando dominábamos el mundo. Los franceses resultaban insoportables bajo Luis XIV o Napoleón. Los británicos despreciaban al resto de humanos en el siglo antepasado. Los soviéticos no llegaron ni siquiera a conquistar a los rusos. Los americanos prosiguen la tradición imperial. Son el poder del momento, hegemónico, y no pueden esperar el aplauso universal.

Decía el historiador marxista, Eric Hobswamm, que América encarna el gran éxito de la civilización. Se ha dicho que Estados Unidos dispone de un sistema designado por genios de tal forma que pueda ser regido por idiotas. El caso es que estamos ante la única potencia mundial. Dispone de la mayor economía del planeta y de los niveles más altos de prosperidad. También la pobreza vergonzante asoma en cifras importantes en sus ciudades.

Hay mucho crimen, se aplica la pena de muerte y cada vez hay más ricos que son más ricos y más pobres que son más pobres. Los principios del mercado rigen muchas conductas personales y colectivas. Reciben muchos ahorros de todo el mundo para equilibrar su balanza comercial. Consumen más que producen.

Gastan en seguridad y defensa más que los seis países que le siguen en el escalafón. Su aparato militar es capaz de actuar con éxito en casi todas las partes del mundo. Casi un millón de “marines” vigilan los mares y los océanos.

La cultura americana no son sólo las canciones de Madonna o las películas de Bruce Willis. Es un país que tiene más de mil setecientas orquestas sinfónicas, despacha más de siete millones y medio de entradas de ópera al año y los museos reciben quinientos millones de visitantes, habitualmente sin pagar un dólar. Medio millón de estudiantes extranjeros están matriculados en sus instituciones académicas. El setenta por ciento de todos los premios Nobel en vida residen en Estados Unidos.

Viven los americanos su hora sublime. Como en la Inglaterra victoriana, en la Roma del siglo I o en la España de Felipe II. Vinieron a Europa por dos veces en el siglo pasado para ahuyentar los fantasmas de nuestras trifulcas históricas y garantizar nuestra seguridad y nuestra libertad.

¿A qué viene este cuadro tan espectacularmente positivo? Voy a referirme a la historiadora americana, Barbara Tuchman, fallecida hace unos años. Escribió un espléndido libro “the March of Folly” en el que hacía un repaso exhaustivo a la historia de todos los imperios. Empezando por el español y acabando por el británico. Argumenta Tuchman que todos los imperios han empezado su decadencia cuando han querido proteger militarmente sus intereses en los confines territoriales.

Felipe II sabía, por ejemplo, que no podía librar cinco guerras paralelas. No tenía capacidad. Ahí empezó su declive. Napoleón fue víctima de su ambición desmesurada levantando en armas a toda Francia. Acabó su megalómana carrera en Waterloo. Los británicos, desde una isla perdida en el globo, no podían dominar militarmente la India, Africa Oriental, Oriente Medio, el Mediterráneo y el resto de los océanos. Un imperio más poderoso, el americano, le sustituyó.

Es cierto que la capacidad tecnológica y militar de Estados Unidos no admite comparaciones. Son los más fuertes. Precisamente por esta circunstancia puede haber empezado su lento y gradual declive. Han llegado a su apoteosis recurriendo a su capacidad de convicción hasta el punto que americanización y globalización se confunden. No es lo mismo aceptar un McDonalds en la esquina o seguir las novedades de Hollywood que acoger con satisfacción el control militar y político del mundo.

Cuando el presidente Bush lanzó su nueva política estratégica invocando la guerra preventiva y la hegemonía militar del mundo, se apartaba de los principios básicos de sus antecesores. Se partía del poder duro en detrimento del poder blando, siguiendo las tesis de Joseph Nye. Optó por la imposición, aunque sea de los principios democráticos, y se apartó de la persuasión. Es el drama que viven, que vivimos, en Iraq.

Perdonen esta incursión en el terreno profético. Si alguien lee estas líneas dentro de cien años dirá si tenía o no razón. Pero precedentes, "haylos".


El gesto de un país que aprendió algo de su pasado imperial

Oscar Raúl Cardoso
orcardoso@clarin.com
Clarín de Buenos Aires

Las interpretaciones sobre la decisión del nuevo presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, de anticipar el retiro de los 1.432 soldados que su país tiene en Irak fueron diversas, pero todas previsibles como luz de día que sigue a la noche. Veamos.

Algo que no siempre logran, los matutinos madrileños El Mundo y El País hallaron ayer terreno editorial común para elogiar al nuevo premier. Por sobre todo, dijo el primero, Rodríguez Zapatero probó que "es un líder de palabra que cumple sus promesas".

El País tocó la misma melodía: "El mensaje es inequívoco; el líder socialista comienza a gobernar cumpliendo su palabra, en este caso la que comprometió con el pueblo español hace más de un año". Ambos destacaron, además, el aumento del peligro para la coalición que trajo la más reciente ofensiva de la resistencia iraquí.

Desde la derecha, el otrora monárquico ABC, interpretó el anuncio en dirección inversa. "La primera decisión de Rodríguez Zapatero —editorializó— es una flagrante violación de su palabra y de su programa electoral". Reflejó la otra "media biblioteca" interpretativa: el presidente había sugerido que los soldados españoles seguirían en Irak al menos hasta fines de junio y aun después, si las Naciones Unidas asumían el control efectivo del operativo militar. ABC olvidó mencionar que esto último —que Washington acceda a ceder ese control— es poco menos que imposible.

En otras latitudes, la prensa toco cuerdas parecidas. En Londres The Financial Times dijo que Rodríguez Zapatero se había equivocado de prioridad porque la presencia en Irak palidecía en importancia ante la recomposición de la relación de España con la Unión Europea.

Los políticos no se aventuraron lejos. Condoleezza Rice —asesora de seguridad nacional de George W. Bush— lamentó que la determinación española pudiese "enviar la señal equivocada a los terroristas". El premier australiano John Howard censuró el anuncio de Rodríguez Zapatero y su par italiano, Silvio Berlusconi, halló en el retiro español una oportunidad para que Italia se convierta en el "gran aliado europeo" de Washington. En el embeleso de su propio oportunismo, Berlusconi olvidó que los claroscuros penales de su personalidad impidieron que, aun cuando se solidarizó con Bush tempranamente, la Casa Blanca haya querido asociarse con él. Prefirió marginarlo del obsequio de la cumbre de Azores que el norteamericano le hizo a Aznar el año pasado, poco antes de la invasión a Irak.

Sin anular las anteriores, hay una dimensión histórica diversa para iluminar lo de Rodríguez Zapatero. ¿Por qué no pensar que España ha aprendido de sus propias lecciones imperiales? Irak es el escenario donde parece regresar hoy la olvidada idea de la "guerra popular" que caracterizó, por ejemplo, el éxito del proceso de descolonización en lugares como la India, Argelia y Vietnam. Hablar de "terroristas", "matones", etcétera, no hace la vida más fácil a Washington.

En un reciente libro ("El mundo inconquistable") Jonathan Schell recuerda que esa "guerra popular" es un arma tan temible como las de destrucción masiva y ubica su bautismo de fuego en la España de comienzos del siglo XIX cuando decidió resistir la conquista napoleónica.

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