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Editoriales

Bush e Iraq (English)

por ALFREDO ABIÁN 
Director adjunto,
La Vanguardia de Barcelona

La segunda investidura de George W. Bush como presidente de Estados Unidos se produce hoy, justo diez días antes de las elecciones en Iraq, el país donde el líder republicano ha cosechado su mayor fiasco durante su primer mandato. A estas alturas del conflicto, suenan a disparate aquellas invocaciones prebélicas que nos hablaban de un pueblo que aplaudiría a las tropas invasoras una vez liberado de la dictadura de Saddam. Entre los terroristas, que se dedican a masacrar a los propios iraquíes, y los resistentes, a Bush se le ha debido de poner la misma cara que al pobre Federico Guillermo I de Prusia. Un rey severo y eficaz, pero incomprendido hasta el punto de que el historiador Eric Hobsbawm ha recordado con ironía que perseguía a sus súbditos golpeándolos con un bastón mientras clamaba: "¡Quiero que me améis!". Los asesores de Bush erraron garrafalmente en sus cálculos políticoamorosos y pecaron de soberbia castrense. Ignoraron que los grandes tratadistas militares de China -imperio perdurable donde los haya- llevan miles de años advirtiéndonos de que un ejército poderoso y experto puede ser invencible, aunque esta condición no convierte necesariamente a sus adversarios en vulnerables. O, lo que es lo mismo: cuando un objetivo resiste después de haber aniquilado a la mayoría de sus defensores, es que el ataque ha sido lisa y llanamente un desastre.

Bush and Iraq

The second investiture of George W. Bush takes place today, just ten days before the elections in Iraq, the country where the Republican leader has collected the worst fiasco of his presidency. At this stage of the conflict, those illusory ideas that stated that the invaded people would applaud the invading troops, after they liberated the country from the Saddam dictatorship, sound like idiocy. Hemmed between the terrorists and the insurgents, Bush must have had the same feelings as Frederick I of Prussia, a serious and effective King greatly misunderstood by his subjects who, according to historian Eric Hobsbawn, run after them hitting them with his cane while screaming: "I want you to love me". Bush's advisors seriously erred in their calculations and sinned of military arrogance. They ignored the great classic Chinese military -a lasting empire if there is any- who have been advising for millenia that an expert and powerful army could be invincible but that this condition does not necessarily make their adversaries vulnerable. Or, its corollary: when the objective continues to resist even after most of its defenders have been annihilated, the attack has been plainly a disaster.

The Latin Palace

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