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LAS CONTRADICCIONES INTIMAS

"Yo soy la única causa de mi caída. Yo he sido mi principal enemigo, el artesano de mis desdichas. Cuando yo vuelvo mi pensamiento hacia los errores que he cometido me siento agobiado de melancolía" -- Napoleón

Se afirma de un hombre, como si fuera un gran valor, que un ser coherente, dotado de un grave y sesudo equilibrio interior, responsable, es una persona digna de gran respeto para quienes la conocen. Sin embargo, la realidad humana no es tan sencilla, porque las divisiones íntimas, los desgarramientos más sutiles y la contradicciones que sufrimos constituyen el drama de nuestras vidas. No podemos evitar esta lucha que libramos día a día entre el YO y el OTRO que somos. Así ofrecemos una aparente identidad ante los demás, un rostro, un nombre, una sonrisa, que ocultan la dualidad permanente; no ser efectivamente lo que somos.

El filósofo danés Kierkegaard, angustiado por sus contradicciones, en su obra Enten-Eller plantea la necesidad de optar entre lo UNO y lo OTRO. Un drama aparece cuando, obligados a una elección, no somos capaces de decidirnos, y nos vemos sumidos a vivir con el UNO y con el OTRO de sí mismo, que se convierten en enemigos de nuestro ser. Esta antítesis puede superarse gozosa y vitalmente o, por el contrario, hundirse en ella, como algunos críticos reprochan a Kierkegaard, al que califican de ser "el más desdichado y refinado de todos los atormentadores de sí mismo que conoce la historia". El hombre que así vive se separa de los demás, se ensimisma, convirtiéndose en un solitario, y cae en el culpable espejismo de sí propio, pudiendo llegar a sentir descontento hacia si mísmo. Colmado de angustia, es incapaz de mirar su vida y el mundo tal como es.

Coloquio adNo hay que ignorar los serios peligros de las contradicciones, cuando no se logra un equilibrio interior íntimo. Por ejemplo, al amar se goza padeciendo y ser sufre gozando. ¿Cómo resolver esta problemática existencia?. Sin duda viviéndola sin temor ni vacilación , pues el que no soporta sus conflictos íntimos se retrae, se hace antisocial. Y, aunque a veces parezca audaz, emprendedor, enérgico, siempre vuelve para mayor seguridad a su YO solitario y problemático.

Dicen los doctos en el humano saber que hay que pensar mucho en nuestros actos. "Yo he comenzado por la reflexión, yo soy reflexivo desde el principio al fin", afirma Kierkegaard. Pero la contradicción íntima persiste cuando se ama a una mujer quieta, dulce, apasionada y femenina que proporciona orden y armonía en nuestras vidas y, sin embargo se desea a una mujer vulgar, violenta y hasta colérica, porque nunca nos conformamos con un solo lado de la realidad. La solución a este problema nos lo da la novela Marie Grubbe, de Jens-Peter Jacobsen, que narra la intensa y variada vida amorosa de una mujer, quien busca en cada nuevo amante lo que no encontró en el anterior. Renovar sus amores era vital para conocerse, identificarse, superando sueños y deseos inconcretos, pues vivía descontenta de sí misma y de sus amantes. Al final de su vida convive con un sencillo pescador y le confiesa a un amigo que es plenamente feliz. ¿Encontró en aquel hombre el TODO del amor?.

No, se siente completa porque ha realizado su destino al reconocer a través de sus múltiples amores, un difícil camino que le hizo posible resolver sus contradicciones íntimas al amar y comprender hombres diferentes y hasta puestos. Claro está que debió tomar decisiones desgarradoras al decir adiós a los que amaba, siguiendo, sin saberlo, el camino que aconsejaba Rilke: "no atarse a nadie para no quedar inmóvil junto a otro ser para siempre".

Cuando no se tiene la difícil y dura audacia de desprenderse de lo que aún amamos, quedamos prisioneros de la dialéctica amor-odio que vincula a los amantes, como ya expuse en un artículo mío tiempos atrás, donde las mujeres son las únicas capaces de soportar los desgarradores conflictos del amor, por su fortaleza asignados. De ese lazo que crea quedarse uno frente a otro para siempre, nace el afán de apropiarse de ese ser ajeno y extraño, aunque se conviva con él día a día, y el odio, que despierta es un sentimiento librador de esa continua presencia que oprime. Sin embargo, también el amor único que vincula a dos soledades puede hacer disfrutar de las diferencias y antagonismos, de no ser el MISMO que el OTRO. Esta disputa permanente y ocultada por una ternura mutua ofrece ricas compensaciones, desprovistas de las cualidades que ostenta el amante con el que discrepamos para enriquecer nuestro ego.

Cuesta mucho aceptar a la persona amada tal cual es, sin querer cambiarla; también constituye un enorme riesgo entregarse a ella totalmente, porque podemos enajenarnos, decía Hegel, hacernos extraños a lo que somos en realidad. En las relaciones de un ser con otro, nada está para siempre acabado ni concluido felizmente. De una forma general existir es devenir, la existencia es perpetuamente dialéctica con el peligro siempre actual de destruir la personalidad de uno y otro en lucha por llegar a una armonía. De ahí la casi imposibilidad de una "entente-cordiale" entre hombre y mujer. Está el sexo por medio que impide el análisis frío.


 

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