Por Manuel Alvar
ABC de Madrid, 13 de Noviembre de 1995
En el «Times Union» del 1º de septiembre [1995], página 12, leo estas cabecerillas (que traduzco): «En puro inglés, el juez está equivocado. La cuestión: un jurista amenaza con quitarle la hija a su madre porque habla con ella en español. Nuestra opinión: Este es un caso del peor proteccionismo.» Hasta aquí los encabezamientos. Luego vienen los comentarios del editorialista. No puedo sino apoyar la sensatez de estos juicios: la intolerancia y fanatismo del juez y las ventajas del bilingüismo. El juez se basa en que, a partir de los cinco años, la niña debía estar bien preparada para asistir a la escuela, pues de otro modo será una ignorante. Los grupos hispánicos han considerado ofensiva la decisión por dañar a los intereses de las minorías. Evidentemente es mejor que la niña vaya a la escuela sabiendo inglés, pero, a los cinco años, ¿cuánto tiempo tardará en incorporarse al nivel de sus compañeras? Pero, pregunta el editorialista: ¿qué es mejor, el nivel escolar o la unión familiar? Es peligrosa esta intrusión del Estado que socava la estructura familiar. La decisión del juez debe ser apelada, no tanto por atacar a la sensibilidad de la comunidad hispánica, sino mucho más para preservar a la familia de las intrusiones del omnisciente y benévolo Estado.
Hasta aquí la nota de Prensa que he resumido, creo, con absoluta fidelidad y sin ninguna valoración por mi parte. Pero la noticia merece no pocos comentarios. Porque se debate un viejo problema que ha enfrentado siempre a la teoría política con la realidad práctica. Texas, donde los hechos han ocurrido, es un Estado en el que hay alrededor de 4.000.000 de personas que no hablan inglés en su casa en una población de casi 17.000.000 de almas. (Censo oficial de 1990). Supongo que esos hispanohablantes poseerán su lengua en mejor o peor grado. Yo he trabajado en varias ocasiones en la región y las gentes con las que hablé eran dueñas de un muy buen español. Tenía matices: no era el mismo entre los descendientes de aquellos canarios que fundaron San Antonio en el siglo XVIII, que el llamado «fronterizo», con numerosos intercambios con las hablas mexicanas septentrionales. Pero éste es un problema de sociología lingüística, que probablemente ignora Mr. Samuel Kiser, autor de la tropelía. Pero, como hispanohablante, el español que yo oí en el interior del Estado y en los pueblos fronterizos era excelente. Y a cada uno de mis sufridores informantes le preguntaba mil quinientas cuestiones de todo tipo sin que hubiera fisuras en tanta indagación. No voy a decir más: hablaban español. Por tanto deben ser protegidos en su peculiaridad lingüística. Que es conveniente que aprendan inglés es algo que no merece más comentarios. Y lo aprenden, y con qué urgencia. Pero lo que aquí se dirime es la tartufería de un juez. ¿Quién es él para determinar la vida familiar? ¿Cómo puede ignorar que el español está allí no por molestar a los anglo-parlantes, sino que es la lengua de siglos de unas gentes que se vieron despojadas de su tierra y padecen, día a día, la penetración de los intrusos? Los Estados que fueron hispano-hablantes (y no anglo-parlantes de la Unión) tienen derecho al más inalienable de sus bienes, la lengua propia. Y esa lengua es el español. Que una madre lo enseñe a su hija, no es un delito, sino una virtud que el juez llamará «fidelity, faithfulness» o como le dé la gana. Yo, «fidelidad». Que en Estados Unidos es también un acto virtuoso.
Vienen después los patriotismos viscerales que habitualmente no hacen sino obcecar y no dejan ver lo que es cierto. ¿Acaso olvida el Sr. Kiser que fueron muchos los hombres de Arizona que se alistaron voluntarios con la Unión y contra España en la guerra del 98? ¿Cuántos años hacía que México «cedió», hermoso eufemismo, inmensos Estados a la Unión y quedó reducido a una tercera parte de su territorio? Además, él, que es juez, no puede ignorar la legislación que protege a estas gentes, aunque en su fuero interno dirá que en Nuevo México, desde la primera constitución hasta la última, se dice que a los niños se les debe escolarizar en español y enseñarles el inglés, pero que los maestros han seguido una brutal persecución del español en las escuelas, con castigos corporales incluidos, para que los chiquillos no pudieran hablar su lengua familiar. Acaso el Sr. Kiser no habrá querido saber de los debates en la televisión de Alburquerque, que podrían haberle instruido tanto como a mí.
He trabajado meses en Luisiana, en Nuevo México, en Texas, en Colorado, en Arizona. He hablado con gentes en mil sitios distintos y con resultados que no me hacen creer en el optimismo de muchos. Por supuesto, el mejor español está escondido entre las personas de menor cultura. Quiere esto decir que cuanto mayor conocimiento se tenga del inglés, más se lastimará el español. Recuerdo una «defensa» de Pedro Salinas: mientras haya analfabetos en Puerto Rico, el español subsistirá. Cuando la escolarización sea total, la lengua patrimonial estará lastimada y su persistencia gravemente dañada: culpa del bilingüismo. El gran poeta decía «defensa del analfabetismo». Y así ha pasado en todas partes: comparé el léxico de tres hablantes de San Luis Colorado y la mujer de mayor cultura era quien más deteriorado tenía su español.
El bilingüismo se impone, Ay a qué marcha! Y esto no quiere decir sino que el español muere. No hacen falta intrusiones familiares ni violencias. Basta con la lógica de los hechos y el valor de una realidad implacable. ¿Por qué esa intrusión en la vida privada de una familia? Da que pensar que un juez cometa un acto que para mí es delictivo. En Estados Unidos, no existe ningún documento nacional de identidad. Les basta con el permiso de conducir. Y Estados hay que tienen un permiso de conducir para no conductores. Eso les remedia de otra ignorancia. ¿Qué razón hay para que no exista una especie de D.N.I. en la Unión? Evitar la intrusión del Estado en la privacidad del individuo. Y ahora un juez se olvida de hechos tan sabidos y quiere imponer a Martha Laureano cómo debe educar a su hija: «el juez está equivocado», dijo el «Times Union».
Estoy en un departamento de español. Este año imparto un curso sobre «Sociolingüística». Tengo alumnos argentinos, salvadoreños, mexicanos, hondureños, puertorriqueños, costarricenses, filipinos y, naturalmente, de Estados Unidos. Sus trabajos y sus exámenes los hacen en inglés o en español. Esto es liberalidad y tolerancia. Lo demás se queda muy lejos. He visto –y he experimentado mil veces– la protección, el respeto y los reconocimientos a un extranjero. Muchos de estos casos para mí son conmovedores. Es lo que me hace pensar que éste es un gran país. Olvidémonos de política y demás aditamentos. Un gran país por su generosidad. Por eso da pena que haya gentes, con la responsabilildad que sea, que empañen una limpia imagen de libertad.