TREINTA Y OCHO AÑOS DESPUES: TOROS EN EL ECUADOR

por Mario Carrión

 

 

 

 

En una espléndida mañana de aspecto abrileño, característica del clima quiteño, el trece de diciembre del 1956 dos jóvenes matadores españoles, ilusionados pero preocupados por lo desconocido, pisaban por primera vez tierras ecuatorianas al descender de un avión de la Panagra que les había plantado en el Aeropuerto Mariscal Sucre. La preocupación no tardó en disiparse al leer la pancarta que nos acogía con un "Posada y Carrión, bienvenidos a vuestra tierra", y al divisar a Fernando Travesari "El Pando", que se encontraba entre el nutrido grupo de aficionados que nos esperaba. Fernando era el torero quiteño organizador de la serie de corridas en Quito que marcaría la pauta para el renacimiento de la fiesta taurina en el Ecuador.

Esos diestros éramos Victoriano Posada, mi padrino de confirmación de alternativa, y yo, Mario Carrión, quienes veníamos contratados para torear dos de las tres corridas de abono anunciadas. Que poco nos figurábamos cuando abrazábamos al "Pando" que en esa bendita tierra íbamos a encontrar tal éxito en sus ruedos, que sembraría la semilla para que la fiesta renaciera en este rincón andino, y que allí conoceríamos a dos mujeres que causarían el cambio de nuestras vidas.

El triunfo en esas dos corridas en la antigua Plaza de las Arenas hizo que nuestras actuaciones se multiplicaran, lo mismo en Quito que en otras ciudades de la nación. Entre Victoriano y yo se estableció una competencia que llegó a su cénit en un mano-a-mano en Quito, en el cual nos repartimos diez orejas entre los dos. Nuestra estancia se alargó hasta marzo cuando Victoriano se fue a cumplir unos contratos en México, que resultaron ser los últimos de su vida profesional, pues volvería pronto al Ecuador para casarse con una joven ecuatoriana, y convertirse en un hombre de negocios en Guayaquil, en donde hasta ahora reside. Yo regresé a España, pero con un contrato en el bolsillo para torear en el Ecuador en la temporada 1957-8. Toreé de nuevo con éxito en ocho corridas, lo que me abrió las puertas para hacer campaña en Perú, Colombia, Panamá y Guatemala, donde entonces se daban corridas. Mi última corrida en Quito la toreé el 13 de abril del 1958, también cortando oreja y ganando la disputada "oreja de oro", donada por el presidente de la república, Camilo Ponce, pues la corrida era en beneficio de los damnificados del terremoto de Esmeraldas. En esta temporada también torearon en el Ecuador los españoles Jerónimo Pimentel, Cayetano Ordóñez, Enrique Vera, Bartolomé Jiménez-Torres y el gran rejoneador Bernardino Landete, los nacionales Manolo Cadena y "El Pando", y el colombiano Manolo Zúñiga. Además de Quito existían las plazas de Riobamba, Ambato y Guayaquil, todas de una capacidad media, lo que no permitía económicamente el traer a las grandes figuras de entonces. Desde Colombia volvería a torear por última vez en este país a Guayaquil el 4 de enero 1959 con el español Paco Corpas y el peruano Paco Céspedes en el cartel.

El éxito de estas temporadas había levantado la afición, y ya entonces supe que se planeaba la construcción de la actual plaza de toros de Quito. El plan se hizo realidad, ya que la plaza fue inaugurada el 5 de marzo del 1960. No pude actuar en ese ruedo, aunque asistí a las primeras corridas como corresponsal de El Telégrafo de Guayaquil, ya que en diciembre del año anterior, cuando me encontraba toreando en Colombia, después de unos meses de casado y al nacer mi primer hijo en Colombia, repentinamente y prematuramente decidí abandonar la profesión de torero que con tanta dedicación había ejercido por diez años.

Como Victoriano, en Quito yo también encontré a la mujer que hoy es mi esposa, pero la mía era estadounidense, aunque ecuatoriana de corazón, y con ella y nuestro hijo emigramos a los Estados Unidos, donde hemos vivido por 38 años, y donde yo cursé una carrera universitaria y dediqué 30 años de mi vida a algo tan diferente del toreo como es la enseñanza, y al periodismo y a la promoción de los toros, como hobby. Así para celebrar nuestro primer encuentro a las faldas del Pichincha hace cuarenta años y para yo ser fiel testigo del progreso de la fiesta taurina ecuatoriana, que había seguido por la prensa y había visto en videos, decidimos volver a ese encantador país, que por razones sentimentales y profesionales, tanto ha significado en mi vida.

Esperaba en este retorno visitar de nuevo tantos lugares turísticos que existen allí y asistir calladamente a las tres últimas corridas de la Feria del gran Poder de Quito, y con Victoriano, quien me había invitado a pasar unos días con su familia en Guayaquil, ver otras dos corridas que se anunciaban allí, y quizás encontrarme con algún que otro antiguo amigo. Creía que mi presencia iba ser ignorada, ya que mi papel en la revitalización de la fiesta estaría lógicamente borrado por el tiempo. No fue así, pues Victoriano había informado a la prensa de mi llegada y me encontré haciendo un papel activo en la tauromaquia junto a Victoriano durante las dos semanas que pasé en el Ecuador. Se recordó nuestra competencia y, juntos y separados, participamos en varios programas de televisión donde nos hicieron hablar de esos tiempos pasados y comentar sobre el presente. En Quito ayudé a los comentaristas señores Benítez, Castillo y Mosquera con las retransmisiones de las tres corridas últimas de la Feria en "Radio Q" y en Guayaquil actué de asesor en una de las dos corridas. Participé en tertulias con viejos y jóvenes aficionados, los unos que disfrutaban recordando sus experiencias y los otros interesados en la tauromaquia del pasado. Hagamos ahora unas reflexiones sobre esas corridas que presencié en Quito y Guayaquil y sobre el estado actual de la tauromaquia nacional.

Quito

La Plaza Monumental de Iñaquito, con una cabida de cerca de 17,000 de espectadores, al construirse estaba a unos kilómetros del entonces centro de la ciudad, lo que creaba un problema para el aficionado, que a menudo no llenaba la plaza en los pocos festejos que se celebraban en las primeras ferias. La plaza se halla hoy en pleno centro, pues la ciudad se ha expandido al crecer su población, de menos del medio millón de habitantes en los años cincuenta a más de dos millones en la actualidad. Su feria del "Señor del Gran Poder", en diciembre, se ha convertido una de las más importantes de América, donde cada año aparecen las figuras más relevantes de España. Este año se anunciaron siete corridas y dos novilladas, y en todas se ha llenado la plaza. Una variable que ha permanecido constante a través de los años ha sido la actitud del público taurino quiteño. Es un publico alegre y apasionado que va a la plaza a divertirse, más que a juzgar. Aprecia el esfuerzo del torero y no escatima el aplauso, pero a la vez no admite gato por liebre, pues es una afición sapiente. El ambiente en la ciudad esos días se respira toros. La prensa dedica secciones especiales, la televisión programa coloquios y resúmenes diarios de las corridas y las emisoras de radio transmiten las corridas en directo. En las calles, hoteles, taxis y todas partes se habla de toros. Este año el tópico de la conversación parecía ser "El Juli", a quien no vi actuar pero que pude comprobar la fascinación del pueblo con este precoz maestro.

Reflexionemos ahora sobre la novillada y las dos corridas que presencié. Hay que advertir que por el peculiar clima quiteño donde las mañanas son soleadas y a menudo llueve por las tardes, los festejos taurinos comienzan a las doce o doce y media. La anodina novillada del viernes 4 de diciembre se salvó gracias a al actuación del fenomenal rejoneador llamado Pablo Hermoso de Mendoza. Este caballero torea a caballo con el mismo valor, temple y dominio que lo hace un torero de a pie. Hace que sus caballos, al galope o al paso, quiebren, anden hacia el lado, hacia atrás o adelante para meterse en los terrenos del toro, donde a este no le queda mas remedio que embestir. Clava rejones y banderillas con emoción y facilidad, sin alargar la duración de las suertes. Su actuación levantó al público de los asientos. Por pinchar una vez, solo recibió una oreja en el toro de Huagrahuasi, bravo pero que se aplomó a mitad de la lidia. No podemos decir lo mismo de los cuatro novillos nacionales del "Charrón" que, por mansos y difíciles, no dejaron lucirse ni al español Jesús Millán ni al francés Juan Bautista. Ambos solo tuvieron detalles de buena clase y simplemente cumplieron en su cometido sin agradar, pero tampoco desilusionar. En su primero, el nacional Juan Pablo Díaz estuvo valiente con capote y muleta, aunque algo bullidor. Cuajó un espectacular tercio de banderillas y al matar bien se le concedió una oreja. En su segundo no estuvo a la altura del único buen novillo, un remiendo de Campuzano Núñez, notándosele la falta de experiencia en su actuación.

El sábado hubo otro llenazo para ver al nacional Juan de la Cruz, al valenciano Vicente Barrera y al joven diestro toledano Eugenio de la Mora enfrentarse con cuatro toros españoles de Saltillo Gutiérrez, uno bueno y otro extraordinario, y con dos toros nacionales. El día amaneció nublado y así comenzó la corrida hasta el quinto toro, cuando el agua cayó como si de un segundo diluvio universal se tratara. Una muestra de la afición existente la dio el que pocas personas abandonaron los tendidos, a pesar de la tromba de agua que caía. Lo mismo sucedió el domingo cuando el aguacero era menos potente, pero más persistente. Juan de la Cruz se lució en banderillas y estuvo valiente, aunque sin acoplarse en su lote, que ofreció dificultades. Se aplaudió su labor en su primero y se le pitó en su segundo por fallar con la espada. Barrera toreó con su estoica elegancia en un par de series con la derecha al manso de "Santo Domingo", pero no pudo rematar la faena. En cambio en el quinto, bajo una intensa lluvia, hizo una excelente faena a un toro bueno, al que le hubiera cortado las orejas si no hubiera pinchado con la tizona. Se le aplaudió fuertemente. De la Mora fue el triunfador, en su primero estuvo muy valiente templando a un toro deslucido de Campuzano Núñez. Fue aplaudido. La gran faena la realizó en el bondadoso toro sexto. Comenzó de rodillas por alto y continúo postrado con un par de series de insuperables derechazos con temple y hondura. Ya de pie con un toro entregado toreo con majestad por naturales largos con la izquierda y derecha. Endereza una serie detrás de otra, ignorando el aguacero, y después siguió con el toreo de adorno. El público, sin razón, pedía el indulto del toro que, aunque de calidad, no se lo merecía. Eugenio hizo un error, en vez de matar en seguida, pidió obstinadamente a la presidencia que lo hiciera. Seguía toreando y el público injustamente insultaba al presidente. Finalmente entró a matar, realizándolo de pinchazo y estocada. El resultado fue el delirio del público mientras que se paseaba con las orejas del noble animal y dejaba la plaza a hombros. Esta faena le mereció el premio de la "Mejor Faena de la Feria".

En la prensa se había criticado bastante la falta de casta que habían mostrado la mayoría de los toros nacionales durante la feria. Sin embargo, cuatro bravos toros de "Campo Bravo", que se lidiaron el domingo en la última corrida del serial, añadieron puntos positivos para la cabaña brava nacional. No así el mansísimo toro de Cobo, con él que Hermoso de Mendoza no pudo triunfar como acostumbra, a pesar de los grandes esfuerzos que hizo, exponiendo la piel de sus caballos al clavar rejones y banderillas en la misma puerta de chiquero, donde el cobardón animal se había emplazado. Se reconoció el mérito de su quehacer y se le despidió con grandes aplausos. José Ortega-Cano se despedía de este público y no lo hizo con éxito, pues con el marrajo primero no pudo hacer nada y con su segundo más toreable no lo intentó. Mató mal a los dos, con lo que consiguió que el público mostrara ruidosamente su descontento por la mediocre actuación de esta gran gloria del toreo, quien tantas buenas tardes ha dado en Quito. Los públicos olvidan y es natural. Una revelación para mí fue la calidad del toreo del nacional Carlos Yañez quien con un buen lote dio un curso de buen torear con clase y valor. Lástima que lo que pudo ser una actuación de 'puerta grande' se convirtió en solo dos vueltas al ruedo por matar deficientemente. Su último toro ganó el premio de " Mejor Toro de la Feria" y Carlos el de "Mejor Torero Nacional". Hay que añadir que una aparatosa cogida en el cuello asustó a todos menos a él, que con disminuidas facultades salió de la enfermería para rematar su toro. Además la faena se realizó mientras que llovía a cántaros y el ruedo se convertía en piscina. Cuando parecía que la corrida se iba suspender, Miguel Abellán decidió heroicamente lidiar su último toro, aunque fuera yendo de charco en charco. Gesto de torero que quiere ser figura, especialmente si se considera que ya en su primero había cortado una oreja. Pero él quería la 'puerta grande', y la consiguió al cortar la segunda oreja. Este torero lo tiene todo, valor, arte, inteligencia y variedad en su toreo. Todo lo hizo en dos buenas faenas a toros toreables. Una incidencia sucedió en el primer toro, cuando al saltar este al callejón, hirió levemente en la cabeza a Rafael Corvelle, apoderado de Miguel, quien pasó brevemente por la enfermería. La Feria tuvo un broche triunfal y al concluir el festejo se reunió el jurado para elegir a los triunfadores de la feria, a los que ya hemos mencionado, excepto al del premio mayor: "El Juli" que fue nombrado por unanimidad el "Triunfador de la Feria" .

Guayaquil

El panorama taurino difiere en Guayaquil ya que el toreo solo tiene una minoría de seguidores y las corridas no crean un ambiente festivo en la ciudad. Ni la radio, ni la prensa o televisión promueven la fiesta taurina. Por lo menos no lo hicieron para anunciar los dos festejos del 12 y 13 de diciembre a los que asistí, y, naturalmente la asistencia a esas corridas fue escasa. Tampoco se publicaron crónicas en la prensa para reportar lo sucedido en las dos corridas. En los cincuenta, sin embargo, aunque no existía una gran afición, había curiosidad y se creaba expectación en la prensa y radio sobre los festejos. El resultado era que la pequeña "Plaza Macarena" a menudo se llenaba. Ahora, por el contrario, la ciudad tiene una original plaza, aun sin completarse, quizás única en el mundo por la novedad de su construcción. La novedad consiste en un burladero que circunda el callejón, con asientos detrás de él para acomodar a los aficionados con medios para comprar esas entradas. Sin duda, presenciar cómodamente desde el callejón una corrida provee una experiencia para el aficionado difícil de igualar. Se está cerca de la acción y es posible relacionarse con los directos participantes de la fiesta. Otra novedad es la naturaleza de los palcos arriba del callejón. Cada palco tiene una terracita cubierta por una cornisa que está separada por una cristalera de otro palco interior aclimatizado. Este tiene bar, televisión, sofás y otras amenidades. Los usuarios son propietarios teniendo el derecho a un número de entradas gratis mientras que exista el inmueble. Aprovechan las corridas para atender y festejar con los amigos como si estuvieran en su casa. Encima de los palcos están los tendidos, con una capacidad actual para unos siete mil espectadores. Aún falta por terminar una segunda andanada que doblara la capacidad la plaza. Un inconveniente de la plaza es el estar situada en Durán, a las afueras de la ciudad. Aquí anualmente se dan algunas corridas sueltas y una feria en octubre con carteles bastantes atractivos, pero generalmente sin traer a las grandes figuras. Las corridas a que nos referimos a continuación fueron televisadas para todo el país por Teleamazonas.

En la corrida del sábado 12 se lidiaron toros del ganadero sevillano Joaquín Buendía, antigua ganadería procedente de Santa Coloma para los rejoneadores Borja Baena, español, y el joven principiante Juan Sebastián Roldán, quiteño, y para los matadores Eduardo Dávalo Miura, sevillano, y López-Chávez, salmantino. Los toros fueron encastados, buenos en general, pero con las lógicas dificultades que tiene el toro verdaderamente bravo. Baena mostró la buena doma de sus caballos y estuvo muy lucido, aunque los rejones de muerte cayeron bajos. Al tardar el toro en morir perdió las orejas que ya tenía ganadas, pero dio la vuelta al ruedo. Esta tarde la espada sería el némesis de todos los actuantes. Juan Sebastián demostró gran actitud y entusiasmo en su rejoneo. Es buen jinete y posee una buena cuadra. Le falta experiencia, especialmente en la suerte suprema. Fue aplaudido. Eduardo toreó con arte y enjundia con el capote a ambos enemigos. Con la muleta tiene temple en su toreo majestuoso. Sus dos faenas nos entusiasmaron, especialmente la de su segundo, donde los naturales tenían sabor de torero caro. La dichosa tizona no remató bien su bella obra que fue premiada con vuelta ruedo en los dos. Los toros de López Chávez tenían más que torear y el diestro se arrimó bastante, haciéndoles faenas efectistas que llegaron al público. También dio una vuelta al ruedo al rematar defectuosamente a cada uno de sus bureles. Corrida entretenida a pesar de la falta de trofeos. Quiero observar que el público guayaquileño ahora tiene el defecto de no pedir las orejas, por lo que, a pesar del fallo de la espada, algunas se hubieran cortados con el beneplácito del respetable.

El domingo se lidiaron dos toros y cuatro novillos nacionales de "La Ensenada". Los toros no tuvieron mayores dificultades. Tres de los novillos fueron buenos y uno manso, que fue devuelto al corral. Otra corrida que da buen crédito al ganado local. Baena fue el triunfador de la corrida. Después de poner rejones y banderillas a dos manos, a la suerte del violín y en otras modalidades, mató bien y cortó dos orejas en cada toro, saliendo a hombros de la plaza. Juan de la Cruz estuvo valiente en sus dos toros, consiguiendo una segunda faena lograda con buenas series de pases con la izquierda y la derecha, y como mató pronto se le dio un apéndice. El primer novillo de Mariano Cruz Ordoñez fue devuelto a los corrales, y con el substituto no se acomodó lo debido. Fue levemente aplaudido. Sin embargo con su segundo, encastado y noble animal, Mariano entusiasmó al público y a los aficionados con un toreo de gran clase, tanto con el capote como con la muleta. La faena fue de menos a más. Los naturales eran interminables, componiendo la figura elegantemente pero sin exageraciones. Después de varias tandas de pases fundamentales se adornó con gracia. A pesar de no matar bien su faena fue recompensada con una merecida oreja. De nuevo otro festejo con toros que embisten y no se caen y toreros que entretienen.

En la misma plaza se entregaron los trofeos en disputa: "Triunfador de la Mini-Feria" Borja Baena; "Mejor Faena" Dávila Miura; y "Mejor Toro" el quinto toro de Joaquín Buendía.

Conclusión

La quincena que pasé en el Ecuador me ha dado ocasión de comprobar como la semilla taurina que yo ayudé a plantar, con Victoriano Posada, "El Pando", Manolo Cadena, Jerónimo Pimentel, Cayetano Ordóñez, Enrique Vera y Bernardino Landete, en esa tierra a mediados de los cincuenta ha germinado y florecido. El panorama taurino antes de esa época era tal que solo de cuando en cuando se daban corridas, con la frustración de la buena afición existente, y el lejano mundo taurino ecuatoriano, escondido en los Andes, contaba poco, pues no existían ni feria ni temporadas anuales. Esas temporadas iniciadas en el año 1956 se hicieron regulares y permanentes, y esas plazas que acomodaban a solos unos millares de personas, han sido reemplazadas por otras más amplias, y en ciudades donde no se existían otras se han construido. Hoy la Feria del Señor del Gran Poder de Quito es mundialmente conocida; en Ambato, Riobamba y Guayaquil se organizan mini-ferias con toreros de interés; y en Cuenca e Ibarra también se dan una que otra corrida. Las ganaderías se han multiplicado, y aunque algunas necesitan refrescar la sangre, el germen bravo está establecido. También hay toreros nacionales que prometen, lo que necesitan es expandir sus horizontes en el vasto mundo taurino para ganar experiencia y fama. En fin, la fiesta brava vive y crece hoy en esa tierra donde encontré tanta satisfacción profesional y personal.