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Desde los Estados
Unidos, donde vivo, me gusta hacer mis anuales excursiones a
mi España durante diferentes estaciones del
año para experimentar los distintos ambientes, ya que
el medio y la gente cambian como el clima. Así sucede
también con el ambiente taurino que prevalece en las
corridas de la Feria de Sevilla en abril y en los
espectáculos isidriles de mayo y junio de Madrid, que
difieren marcadamente del ambiente que se respira en las
corridas de la feria sevillana de San Miguel en septiembre y
las de Otoño madrileña en octubre.
En la primavera, los
públicos taurinos de estas ciudades doctos y
exigentes por naturaleza, se influencian por una
mayoría de espectadores visitantes, más
indulgentes y festivos, parecen endulzarse yendo a la plaza
con más ilusión, como esperando que un nuevo
torero brote como una flor o que las figuras consagradas
reverdezcan con esplendor. En la plaza hay mas
algarabía, en los tendidos entre toro y toro se hace
tertulia, se comenta lo bueno y lo malo. Hay hambre de
después de la dieta invernal. El anochecer se retrasa
permitiendo que la claridad solar coloree y dé vida
al ambiente. Hasta las corridas más aburridas se
soportan con estoicismo, pues se razona que queda toda la
temporada para ver otras buenas. En el otoño, tanto
en la Maestranza como en las Ventas, los tendidos se cubren
con un público local en su mayoría, ya
satisfecho, o quizás harto de toros, dispuesto a
imponer las exigencias que caracterizan a sus
históricas plazas. La gente parece estar en la plaza
por obligación, porque son aficionados y tienen que
estar allí para juzgar a lo que suceda en el ruedo.
En estas tardes de toros los ánimos son sobrios, que
entonan con las cortas, sombrías y tibias tardes
otoñales. A pesar de ello, unas buenas faenas pueden
caldear a esos públicos y darles a una tarde de toros
un ambiente primaveral. Pero si por el contrario la
excelencia no aparece, como sucedió en las cincos
corridas y la novillada que presencié en Sevilla y
Madrid, entonces los ánimos se revisten de un
prematuro gélido invernal y un moroso aburrimiento
parece imperar. A continuación daré mis
impresiones sobre estos festejos. No es mi propósito
hacer una crónica precisa de los logros de los
coletas, toro por toro, sino más bien delinear un
bosquejo de lo sucedido, naturalmente coloreado por mis
opiniones.
EN
SEVILLA
En la capital
andaluza, mi tierra, asistí a una novillada, fuera de
cartel de la Feria de San Miguel, a las corridas feriales y
a la corrida del Día de la Raza, que oficialmente
cierra la temporada en la Maestranza.
LA
NOVILLADA
Como un preludio a la
Feria de San Miguel, el 20 de septiembre debutantes se
encerraron con novillos de Manolo González, bien
presentados pero en general mansos y escasos de fuerzas.
Solo dos novillos fueron manejables. El mejor le tocó
en suerte al maduro novillero riojano Diego Urdiales, quien
mostró buenas maneras tanto con el capote como con la
muleta. Compuso una faena con clase pero sin ligazón
y poco emotiva, ya que el novillo transmitía poco por
la falta de acometividad. Por pinchar antes de cobrar una
estocada perdió el trofeo que se merecía y el
público lo premió con una vuelta al ruedo. En
su segundo cumplió. El almeriense José
Olivencia, quien lleva ya cinco años de novillero,
solo tuvo algunos buenos detalles sueltos en su
presentación. Fue aplaudido en su primer novillo y
silenciada su labor en el segundo. El tercer espada Enrique
Reyes, que hace solo unos meses hizo su debut con picadores
y ha toreado muy poco, mostró no estar listo para
estos compromisos. En su segundo novillo, el peor del
encierro, el joven tuvo a la plaza en vilo, pues estuvo a la
merced del peligroso novillo,
Después de casi
tres horas que duro el festejo, los aficionados, que no
ocuparon los tendidos en una fresca tarde nublada y ventosa,
abandonaban la plaza, probablemente pensando que mejor
hubieran estado en casa.
LA PRIMERA CORRIDA DE
SAN MIGUEL
Había
expectación por ver a "Joselito", pues aunque no
había triunfado en la pasada Feria de Abril, y su
temporada tampoco iba de viento en popa, se recordaba
todavía la gran tarde de toros que dió en la
Feria del 97, cuando salió en volandas por la Puerta
del Príncipe. Además el mismo torero
había expresado su deseo de dar el dos de pecho en su
gesta de torear en solitario y aprovechar de la
ocasión para enderezar su entuerta campaña.
Así que el sábado 26 de septiembre los
aficionados, que casi llenaban la plaza, al concluir el
paseillo incurrieron en un sonoro aplauso para agradecer a
"Joselito" el gesto de encerrarse con seis toros. La
expectación pronto se tornaría en
desilusión, y la ovación inicial se
convirtió en una estruendosa bronca cuando el diestro
abandonaba el coso al concluir su opaca
actuación.
Se lidiaron seis toros
con el peso rayando los 500 kilos de distintas
ganaderías de procedencia Domech. Todos eran flojos
sin llegar a caerse y sosos, pero nobles para el torero,
menos el cuarto que fue brusco con peligro. "Joselito"
recibió el siguiente veredicto de sus seis faenas:
silencio, silencio, silencio, ovación y pitos. Pero
esto no lo dice todo, pues los silencios del público
sevillano son difíciles de interpretar, unas veces
son señal de respecto, otras de indiferencia y otras
de espera y confianza. Creo que estos últimos fueron
los silencios dados en su cuatro primeros toros al diestro,
ya que se esperaba que no terminaría la corrida, sin
diera unas de sus sublimes faenas. En el cuarto y quinto
hubo conatos de triunfo. En el cuarto con el capote
dió unas buenas verónicas con una rodilla en
tierra y completó un par de quites vistosos, algo
malogrados por el viento. El toro era noble, pero se le
acabó el gas cuando apenas el matador
consiguió unos cuantos aceptables muletazos,
forzándole a cortar la faena, rematándola con
un buen volapié, por el que fue ovacionado. Al
maestro se le notaba como ausente, desmoralizado, demasiado
preocupado con el fuerte viento y sin imponerse a las
circunstancias. Intentaba cosas pero poco le salía
bien. En su penúltimo burel resurgió de nuevo
la esperanza cuando recibió al de Torrealta con una
larga cambiada y empezó la faena de muleta sentado en
el estribo. Siguieron unos pocos buenos muletazos y de nuevo
el toro se desinfló. En el sexto, un toro
incómodo, "Joselito", ya visiblemente desilusionado y
con el público impacientado, fue incapaz de hacer
faena. Una bronca comenzó y continuaría hasta
que el torero abandonó el ruedo.
Esta actuación
fue más gris que mala. Fue peor por lo que "Joselito"
no hizo y el público sabe que puede hacer que por lo
malo que hizo. En ningún momento el maestro
perdió los papeles, sino sencillamente que no
mostró deseos de defender su situación
privilegiada como primerísima figura del toreo. El
último toro se lo brindó a su apoderado
Enrique Martín Arranz, e inmediatamente en el mismo
ruedo se inició el rumor que esta actuación,
la conclusión de una gris temporada, le había
motivado a retirarse. La prensa fustigó
desmesuradamente al diestro en las crónicas y por
ellas se ha sabido que este ha cortado la temporada,
despedido a su cuadrilla y 'desaparecido'. La gente
especulaba que se había ido a Londres a descansar, o
a la India. Hasta el final de octubre cuando escribo este
articulo, el interesado no ha declarado cual es su
intención. Dudo que se retire permanentemente, pues
"Joselito" es todavía joven, está en buena
forma física y capaz de dar muchas grandes tardes de
toros.
SEGUNDA DE
FERIA
Al día
siguiente hubo otra corrida con alicientes para casi llenar
el coso sevillano. El plato fuerte era la despedida del
público sevillano del veterano José Ortega
Cano, quien en abril realizó en Sevilla una de las
mejores faenas de su vida. Le acompañaban el ya
legendario Curro Romero y "Jesulín de Ubrique", de
cierto cartel en esa plaza.
Los cuatros toros
lidiados, de los seis anunciados de Bernadino Píriz,
estaban escasos de fuerzas y no dieron facilidades para la
lidia. El sexto, un sobrero de Gabriel Rojas, tuvo peligro.
Solo el segundo toro de Pedro Domech fue bueno y noble. Con
tal ganado los toreros poco pudieron hacer con la
excepción de Ortega Cano en su primer toro.
José comenzó toreando muy
artísticamente a ese toro tanto en los lances de
recibo como en el quite. Con la muleta construyó una
faena que fue de menos a más. Tardo en acoplarse con
el burel, pero a mediado de la faena toreó por
naturales y derechazos con arte y elegancia.
Desdichadamente, la espada le robó el trofeo
auricular que hubiera tornado su despedida en triunfal. Su
segundo toro con su endeblez no le dejó lucirse y
cumplió. Fue aplaudido en ambos y fue despedido con
una gran ovación, que reconocía no solamente
su actuación de esa tarde sino sus grandes
éxitos durante 25 años en los ruedos. Curro,
con toros de contraestilo, no intentó nada y
mató mal, siendo silenciadas sus dos actuaciones
dejando el ruedo bajo la protesta del público. En lo
positivo hizo un quite de dos verónicas y una media
en el toro de "Jesulín". Este no pudo hacer mucho de
interés en su primero, aunque lo intentó, por
lo que fue aplaudido. En su segundo aguantó con valor
las inciertas arrancadas del toro, consiguiendo una faena
basada en la decisión pero sin gran lucimiento.
Silencio. El de Ubrique está presentando una nueva
faceta de su estilo tratando de hacer un toreo más
ortodoxo y sobrio, desprovisto de la espectacularidad que le
caracterizaba. El resultado es un estilo frío que
tarda en llegar a los tendidos.
Otra corrida
más donde la falta de acometividad de los toros hace
morosa la tarde.
LA CORRIDA DEL DIA DE
LA RAZA
Ocho toros para dos
rejoneadores y tres modestos matadores modestos no es cartel
para movilizar al público sevillano en octubre. Solo
un cuarto largo del aforo se cubrió para ver a los
dos veteranos rejoneadores Javier Buendía y Leonardo
Hernández, y a los diestros sevillanos Domingo
Valderrama, Vicente Benjarano y Luis
Mariscal.
La parte más
divertida fue la del toreo a caballo, ya que Buendia se
lució en todas las suertes, incluyendo la suerte de
la garrocha con la que recibió a su toro. El
rejón de muerte cayó algo trasero lo que
alargó la muerte del toro, por lo que solo dió
una vuelta al ruedo. Hernández, con el toro
más espectacular, manso y difícil, puso
rejones y banderillas en terrenos muy comprometidos, y
mató de un rejonazo que tumbó a su enemigo.
Cortó una oreja en este su debut en Sevilla. Ambos
jinetes montaron bien domados y elegantes
caballos.
Los tres matadores
necesitaban un triunfo para avanzar en sus carreras, algo
estancadas, y si no les llegó no fue por falta de
esfuerzo. Los tres vieron estrellarse sus deseos de gloria
con los toros de Juan José González, que no
cooperaron en absoluto. Hay cierta ironía en los
toreros que no están en la cima, y es que no importa
lo bien que estén, a no ser que tengan un triunfo
sonado. Los esfuerzos le sirven para poco. No pierden cartel
pero tampoco lo ganan. El diminuto Domingo es un torero que
hace un toreo pinturero, pero que se haya encasillado en los
carteles de corridas duras, se mostró un poco
inseguro y solo en su segundo toro pudo lucirse toreando con
la mano izquierda con unos buenos naturales. Su primer toro
fue un manso declarado que se paró en el
último tercio haciendo imposible el toreo.
Mató mal en a sus dos toros y su labor fue
silenciada. Lo peor de lo malo le tocó en suerte a
Benjarano. Muy seguro y decidido, le sacó buenos
pases sueltos a ambos. Se arrimó de verdad
exponiéndose a una cornada. Mató
eficientemente y fue ovacionado al concluir sus faenas.
Mariscal, quién después de haber tenido una
brillante carrera novilleril habia tomado la alternativa en
la pasada Feria de Sevilla, hasta ahora no ha podido
revalidar sus triunfos que tuvo en el escalafón
menor. Venía a está corrida con la esperanza
de reactivar su carrera. En su primero, un toro toreable por
el lado derecho, consiguió tres buenas series de
derechazos, no todos limpios. No pudo redondear la faena. En
su segundo, un toro peligroso, estuvo machacón y
valiente de verdad, tratando de sacar faena donde no la
había. Recibió a su primer toro con una
expuesta larga cambiada. Mató rápidamente con
dos estocadas algo caídas. El publico apreció
su esfuerzo, recompensándolo con ovaciones en sus
toros y lo despidió con aplausos.
La corrida, con el
triunfo de los rejoneadores y el esfuerzo de los tres
espadas en sacarle partido a un ganado aguafiesta, se hizo
llevadera, pero un poco larga, ya que duró unas tres
horas.
EN
MADRID
Asistiendo a los toros
en Madrid seguidamente de Sevilla, lo primero que se nota es
la diferencia en la idiosincrasia del público en los
en los tendidos. En Sevilla, el público espera
manteniendo un silencio de expectativa, al menos que lo que
suceda sea tremendamente malo o merezca un olé. En
Madrid, hoy existe un sector del público que posee
conceptos ortodoxos de la tauromaquia viniendo a la plaza
para velar que esas normas se cumplan. Lo loable es que
defienden justamente la integridad del toro, para que tenga
trapío y poder. Y con razón, cuando un animal
sale y ha demostrado obvia debilidad, como demasiadas veces
ocurre, protestan para que ese toro se substituya. A veces
lo consiguen, pero cuando esto no sucede, la protesta se
acrecienta y persiste mientras el toro permanece en el
ruedo, sin importar lo que haga el matador. Por otro lado,
se percibe el toreo con una ortodoxia que denigra el uso
ventajoso del pico de muleta y el dar pase al hilo del
pitón, sin cruzarse al pitón contrario. Es
verdad que esas prácticas son ventajosas para el
torero, pero también es verdad que a menudo el torero
usa estas ventajas hasta acoplarse y ahormar el toro antes
de comenzar el toreo ortodoxo. Creo que la falta de
paciencia del público, con sus gritos de
"crúzate" o "pico", a veces desconciertan a toreros
que están aun figurando el curso de su faena y la
malogran. Esto es más una observación que una
critica, pues el público que paga tiene todo el
derecho de aplicar los cánones que deseen. Sin
embargo, esta conducta, entre otras razones, desanima a las
grandes figuras a comparecer en las Ventas fuera de San
Isidro. Así que la empresa, como otros años
anteriores, ha fallado en atraerlos a estos los carteles de
la Feria de Otoño.
DOS CORRIDAS DE LA
FERIA DE OTOÑO
Presencié las
dos corridas que anunciaban los dos carteles más
interesantes, la del sábado 3 de octubre y la del
día siguiente. En ambas los triunfos y fracasos
rotundos de toros y toreros brillaron por su ausencia, Eran
esas clases de corridas grises, en las que aparte de un par
de detalles es difícil de recordar lo que
sucedió sin referirse a las notas.
El sábado Juan
Mora, Manuel Caballero y Vicente Barrera se enfrentaron con
cuatro serios toros del Puerto de San Lorenzo, un sobrero
bueno de Carlos Nuñez, y otro de Alcurrucén.
Al veterano Juan Mora, que acaba de salir del bache donde se
hallaba cortando orejas en varias previas corridas, se le
notó con ánimos. Toreó al de
Nuñez con hondura y clase levantado olés.
Perdió la oreja por pinchar repetidamente. Una
lástima, porque en los tendidos solo había
silencio al rematar su faena. En su segundo, un toro que se
quedaba corto, el diestro lo ahogó arrimándose
demasiado. Mato rápido y recibió una
ovación que premiaba su arrojo. La atracción
era Manuel Caballero, quien reaparecía después
de su gran triunfo con los Victorinos esta primavera y de
muchos otros en provincia en esta su segunda temporada de
ascenso. Incomprensiblemente, ese público que tanto
ha contribuido a ponerlo en camino de figura, estuvo duro
con él protestándole parte de su
actuación. Poco pudo hacer en sus toros, que no
fueron fáciles y recibió solo el silencio de
la concurrencia. El fino torero Vicente Barrera,
volvía otra vez a buscar el triunfo que no encuentra
en esta afición. El valenciano se encontró con
dos toros de diferentes características, el primero
que repetía con algunas dificultades y un
débil segundo que se quedaba corto. Estuvo
frío y correcto, sin esforzarse demasiado en cambiar
el rumbo de su actuación; tampoco el publico se
esforzó en recompensarla: silencio en los
dos.
El domingo, con la
plaza casi llena como el día anterior, los veteranos
Fernando Cepeda y Javier Vázquez junto a Juan
José Moreno, el triunfador en esta plaza este verano,
se encerraron con una seria y bien armada corrida de Gavira.
Los dos primeros fueron manejables pero sin fuerza, los
otros tenían dificultades y el último tenia
fuerza y mucho peligro. En este José Luis dió
la nota de valor sacando pases que parecían
imposibles, jugándose el pellejo en todo momento. No
fue una faena bonita sino de arrojo, que es lo que un torero
debe de hacer cuando está tratando de dejar el
anonimato. Dió una merecida vuelta al ruedo
después de haber pinchado antes de terminar de
terminar con su toro. En su remiso primero estuvo decidido y
fue aplaudido. Fernando Cepeda, uno de los toreros que con
más clase efectúa la verónica, en su
primero completo una serie de siete u ocho verónicas
y una clásica media que puso la plaza en pie. Poco
más hizo que merezca mencionarse. El gran triunfo que
necesita para recuperar el puesto que tenía en sus
dos primeros años de alternativa no le llega, pues
una ovación en su primero y silencio en su segundo no
es lo bastante para pegar el salto a la cima. Algo similar
podríamos decir de Javier Vázquez,
quién también necesitaba el triunfo que no
encontró esa tarde. Con dos toros que cesaron de
embestir pronto, y cuando lo hicieron mostraron
dificultades, Javier estuvo decidido pero sin lucimiento y
el público lo reconoció así,
silenciando sus faenas. Lo bueno de las corridas se puede
resumir brevemente: excelentes verónicas de Cepeda y
un arrimón de Moreno.
RECAPACITANDO
Ya de vuelta, en los
Estados Unidos tranquilamente he pensado sobre esas cinco
corridas. Al principio con cierto desengaño, pues en
cinco corridas, en el toreo a pie, ocurrió poco
positivo que recordar y hubieron demasiados silencios,
algunos aplausos y solo una vuelta al ruedo. Todos los
actuantes, con más o menos cartel, son buenos
toreros, capaces de mucho más, pero no encontraron ni
el material necesario, ni el ambiente propicio, ni tampoco
la inspiración para ofrecernos una triunfal
actuación. Luego pensé que así es la
fiesta, aquí no hay guión ni libreto, y el
desenlace de los festejos no puede predecirse, pues unos
días con carteles prometedores poco o nada bueno se
realiza; en cambio otras tardes lo contrario ocurre.
¡Figúrense!, tres días después de
yo dejar Madrid, Uceda Leal salía por la Puerta
Grande y Encabo cortaba una oreja en una gran corrida de
Victorino. Luego en las ferias de Zaragoza y Jaén se
dieron sucesivas interesantes tardes de toros. En Zaragoza,
Caballero, él que no pudo dar el dos de pecho en
Madrid, cortó orejas y el valiente Moreno, que pudo
solo mostrar su decisión en las Ventas, dió
una gran tarde de toros cortando tres orejas y rabo en la
Feria de Jaén. Me equivoqué, debería de
haber estado un par de días más en Madrid e
ido a Zaragoza y Jaén para poder haber usado en este
artículo el montón de alabanzas para toreros,
toros y públicos que guardo en mi mente.
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