2 Toreo, Naturaleza

EL TOREO: NATURALEZA Y PERSPECTIVA HISTORICA

por Mario Carrión

Los caballeros, moros y cristianos, durante los ocho siglos de la Guerra de la Reconquista en España, cansados de matarse unos a otros, de cuando en cuando se tomaban un descanso; pero para no aburrirse y también para desahogar sus bríos bélicos competían en la caza de la fauna que en el suelo ibérico vivía. Ciervos y otros inofensivos animales eran fáciles presas; una vez que otra, un oso o un jabato acorralado les ofrecía una leve resistencia, poca para tan esforzados caballeros. Pero la escena cambiaba cada vez que se enfrentaban con el toro de Iberia. Esta bella e impresionante fiera, con una bravura noble sin par, al ser molestada prefería morir matando que huir, convirtiendo su caza en una contienda en la que los más atrevidos guerreros podían alardear de su valor. Quizás un noble, con el alma de empresario, se le ocurrió atrapar vivos a varios cornúpetas, llevarlos a la villa y allí recrear las peripecias de la caza para que los caballeros se lucieran y ganaran la admiración de sus vasallos. Así, en un rincón de la España Medieval, el embrión de lo que hoy es la fiesta nacional española, era engendrado.

La primera corrida histórica aconteció en Verea, Logroño, en 1,133, para celebrar la coronación del Alfonso VIII. De ahí en adelante, la historia menciona muchas ocasiones en que los reyes españoles, para conmemorar acontecimientos importantes, entretenían a sus súbditos con la celebración de espectáculos taurinos. Después de la Reconquista de España del poder musulmán, "la fiesta" se extiende por toda la geografía ibérica, dándoles a los nobles ocasiones de seguir demostrando el valor con que habían vencido a los moros. Incluso el Emperador Carlos V en Valladolid en 1,527, y luego Felipe IV y Carlos II participaron en el alanceamiento de toros en el ruedo. Durante el reinado de Felipe II, escandalizado por la carnicería de esas corridas primitivas, el Papa Pío V prohibió el espectáculo bajo la pena de excomunión, pero el pueblo ignoró el mandato pastoral y continuó disfrutando de su "fiesta", obligando luego al Papa Gregorio VIII a derogar el decreto, siguiendo el consejo de Fray Luis de León:

"...las corridas están en la sangre del pueblo español y no pudieran ser suprimidas sin enfrentar una seria acción".

Con la llegada de la dinastía francesa de lo reyes Borbones a España, la nobleza abandona el ruedo por los placeres de la corte. Como consecuencia, la práctica del toreo fue dejada para el pueblo, que se aferró a él como un símbolo de algo genuinamente español, no afrancesado, como todas las otras costumbres importadas de Versalles por los Borbones. Entonces el toreo se transforma y democratiza; el escudero se convierte en "señor en plaza" -el matador de hoy- y el caballero pasa a desarrollar un papel subordinado -el picador actual- que ayuda al lucimiento de quien era antes su sirviente. La masa, a su manera, hacia una justicia social simbólica, lo que explica como en 1726 aparece rodeado de un halo de popularidad Francisco Romero, el primer torero profesional. A Romero, un hombre rústico y humilde, el pueblo lo convirtió en un ídolo, que hasta hoy en día, se elogia sus proezas legendarias en canciones populares. En los siete tomos enciclopédicos Los Toros de Cossio, la historia más completa de la tauromaquia, se encuentran varios centenares de importantes matadores que siguieron los pasos de Romero. Solo diré que entre todos, un par de ellos cada medio siglo elevaron el toreo a mayores alturas, introduciendo cambios que convirtieron lo que fue un encuentro primitivo y cruel, una cacería medieval, en un depurado arte. Los dos grandes toreros del siglo XVII Pedro Romero y "Costillares" eran ya famosos cuando los Estados Unidos luchaban por su independencia. En el siglo XIX, los toreros renovadores Montes, "Paquiro", "Lagartijo" y "Frascuelo" dieron a la corrida la estructura que tiene en nuestros días. A principio de nuestro siglo aparece "El Guerra", un fenómeno que revolucionó el toreo, allanando el camino para la aparición en los años veinte de "Joselito" y Belmonte, cuya rivalidad produjo la época dorada del toreo. Entonces, aumenta el número de corridas dadas tanto en las temporadas de España como en las temporadas de Francia, Portugal, México, Colombia, Venezuela, Perú , Ecuador y otros países hispanos donde los matadores españoles alternaban con toreros de varias nacionalidades. El mexicano Rodolfo Gaona fue el primer torero hispanoamericano que compitió con gran éxito con las figuras españolas.

Durante la Guerra Civil Española (1936-9) el toreo languidece y estuvo a punto desaparecer en España por falta de toros que habían perecido no en el redondel sino en el matadero para aminorar el hambre de los combatientes. Al terminar la contienda "la fiesta" tiene un renacimiento encabezado por el estilista Manuel Rodríguez "Manolete" quien secundado por el fenómeno mexicano Carlos Arruza y acompañados por Pepe Luis Vásquez, Pepín Martín-Vásquez, Luis Miguel "Domimguín" y "Parritas", entre otros, consiguen los seis años mas brillantes de esta expresión artística, hasta el 1947 cuando "Manolete" deja su vida en las astas de un toro de la legendaria ganadería de Miura en el pueblo andaluz de Linares. Desde entonces coletas de varios estilos han pisado los ruedos de todo el mundo taurino manteniendo el interés de la afición y la curiosidad del turista, tales como "Bienvenida", Julio Aparicio, "Litri", Antonio Ordoñez, César Girón, Manolo Martínez, "El Viti", Paco Camino, "El Cordobés", "Paqirri", ya retirados o fallecidos; y ahora mantienen ese interés "Espataco", Ortega Cano, "Joselito", César Rincón, Manzanares, David Silveti, "Armillita Chico", Enrique Ponce, "Jesulín", "El Cordobés Chico", Pepín Liria, "El Tato", Rivera Ordoñez, Vicente Barrerra y Cristina Sánchez entre los ases de más relieve del momento. Todos han contribuido a convertir la segunda mitad de este siglo en la edad plateada del toreo, ya que las plazas se llenan con aficionados, jóvenes y turistas, dándose más corridas que nunca; pero desde "Manolete" no aparece ese fenómeno al que la afición espera como a un mesías y quien el arte y la técnica renovaría.

Veamos ahora la naturaleza de estas expresión cultural tan netamente hispana. Qué es el toreo? una salvajada? un deporte similar a la caza? una expresión artística parecida al baile?. Ha habido opiniones para todos los gustos, pero la mayoría coinciden en no catalogarlo como un deporte. La traducción al inglés del término "toreo" como "bullfighting", que literalmente significa "pelea con toros", muestra el prejuicio extremo del concepto del toreo fuera dela hispanidado. Una persona tendría que estar loca para pelear con un monstruo de unos quinientos kilos. El objetivo del torero es precisamente lo opuesto: con gracia, elegancia, valor e inteligencia evitar el enfrentamiento. En un deporte lo importante es ganar; el aficionado a un deporte evalúa el resultado en puntos, goles o récords. En el toreo, el resultado es implícito en el triunfo esperado de la inteligencia humana sobre la fuerza bruta. Lo importante para que el aficionado grite un olé, no es que el maestro "gane" sino la manera, la forma, la gracia, el duende, o la gallarda maestría al dar al toro un pase con el capote o la muleta. Los trofeos, como las orejas o vueltas al ruedo, en muchas ocasiones, no significan otra cosa más que la emoción momentánea del público; no es extraño que a veces un torero que durante toda la corrida haya solamente dibujado un artístico quite, sea el verdadero triunfador de la tarde. Como en la pintura , el baile o el cante, la calidad que hizo a ese quite especial no puede describirse; su apreciación es intuítiva y subjetiva.

No obstante, basado en mi experiencia práctica, mis lecturas sobre el sujeto y mi intuición esta es mi definición: el toreo es una especie de ballet dramático con la muerte. Como en la danza, el torero, de una manera artística, tiene que controlar sus movimientos manteniendo el ritmo, no de la música, sino del peligro. En el escenario, un mal paso significaría una interrupción del proceso artístico; en el ruedo, un error podría causar la muerte del autor de este drama. Entre el torero y el toro debería existir siempre una relación basada en la distancia; el arte consiste en la habilidad del diestro de ser él el creador de esta relación, en vez de serlo el toro o la fortuna. El principio para conseguir ese efecto artístico es simple, pero su realización complicada. El toro por instinto natural trata de cornear lo que se mueve; el hombre, firme en la arena, erguido, sin contorcerse y con elegancia debe mover suavemente el capote, o la muleta, de tal manera que el toro lo siga sin llegar a tocarlo y menos aún atraparlo. Al mismo tiempo, para acentuar la sensación de peligro el torero debe dirigir la trayectoria del bruto lo más cerca de su cuerpo a que se atreva, pero no tan cerca que para evitar la cornada tuviera que retirarse bruscamente del animal, rompiendo así el fluido efecto del pase. Refiriéndose a esa fluidez un gran conocido crítico taurino concluía que "cualquiera puede torear si tiene conocimientos técnicos, cualquiera si tiene coraje, pero lo difícil es torear como Belmonte o 'Manolete', como si los toros fueran de cristal y uno tuviera miedo a romperlos".